Lo frágil que es la vida asusta. Saber cuál es el sentido de la vida asusta aún más.

Los tiempos que vivimos nos hacen apreciar más los pequeños momentos. Las personas que son importantes, que queremos volver a ver. La línea entre la realidad de nuestras cuatro paredes y el mundo fuera de ellas se desdibuja. Pierdo el sentido de lo que es y lo que no es, de lo que ya no será. No soy capaz de distinguir entre no ver a alguien por la cuarentena y no volver a verlo. Mi mente no acepta la segunda posibilidad. Mi mente piensa en las semanas que me faltan para ver a mis padres de nuevo. Mi mente no entiende que no con todos cabe esa posibilidad.

La vida es frágil. Ir a tomar un café puede parecer una acción cotidiana pero, ¿qué no daríamos muchos por ir a tomar algo con los seres queridos que echamos de menos?

¿Sabemos lo que es importante para nosotros? ¿Conocemos qué da sentido a nuestra vida?

Un chisme contado en el bar, banal: banal, pero relevante. Pequeñas conversaciones sin relevancia trascendental. Intimidad otorgada por el desconocimiento del resto. Conoces los detalles morbosos de la vida de alguien que te da igual, porque realmente te da igual, pero de ese chisme surge una broma. Solo la entendéis tú y tu compañero de chismes. Intimidad y comprensión incomprensible fuera de la mesa. Una tontería teje una red de intimidades, pequeñas bromas internas: conozco tus problemas, sé tus preocupaciones, me hace conocerte.
Nace una relación, la intimidad de esta pequeña red de personas que considero importantes es para mí el sentido de la vida. Genera vida en sí misma.

Hago un diagrama con las cosas que dibujan la persona en la que me he convertido. Los pilares de mi vida. Mi pareja, mi familia, mis aspiraciones, mis amigos. Mis gustos también ocupan un lugar. Veo el resultado y conozco mis prioridades. Valoro a las pocas personas que entran en este diagrama. Aprendo a hacerlo, de distintas formas, con distintos tiempos.

Llego a casa y paso la sobremesa de la cena con mis padres. Ver a Chicote los jueves estando los tres en el sofá se convierte en tradición. Tiempo de calidad para ellos. Estoy realmente ahí. Es importante para mí. Objetivamente ver este programa un jueves no importa una mierda, pero subjetivamente significa mucho para mí. Aplico lo que el diagrama me ha enseñado sobre mí misma. Plasmar mis ideas en el papel me ayuda a darles forma en mi vida, entiendo poco a poco qué da sentido a mi vida.

Pasar menos noches en mi casa me ha llevado a pasar el tiempo que estoy en ella con mis padres en el sofá. Este mueble es el punto de encuentro en mi hogar. Llegado el tiempo de cuarentena, paso el tiempo en casa de mi pareja. Las videollamadas sustituyen el tiempo en el que aposento mi trasero en ese trozo de madera acolchado. Oigo a mi madre relatar cómo muchos ancianos pierden la vida de un día para otro. Ella los conoce, los personaliza, es imposible no hacerlo. Le afecta. Reflexiono sobre lo frágil que puede resultar la existencia y lo importante que es pasar momentos con los tuyos. “Un día les ves perfectamente y al otro se han muerto”. Da miedo pensar que eso pueda ocurrir con los más cercanos. Ya sea el Covid-19 u otras razones, la muerte puede segar la vida de un día para otro sin que te lo esperes.

Escribo esta pequeña reflexión en memoria de mi tía Conchi. Qué no daría por poder tomar algo en un bar por última vez.

Imagen de Conchi en su juventud (DESCONOCIDO)