¿Cuántas veces hemos tenido que escucharlo? ¿Cuántas veces más habrá que escucharlo? “Letrasado” es un término absolutamente despectivo, no solo por su origen que menosprecia a las personas con algún problema psíquico, sino porque se ha hecho una mezcla de términos para referirse de este modo a aquellas personas que optan por profesionalizarse en una materia relativa a las Humanidades o a las Ciencias Sociales.

Voy a entrar en una batalla histórica, que me parece que ya es momento de zanjar en pleno siglo XXI. Es una lucha absurda y que lo único que pretende es restar méritos y disminuir autoestimas: ¿Quién es más listo? ¿Alguien de ciencias o alguien de letras?

Cada vez que vivo esa batalla en primera persona me enervo a más no poder. Obviamente, cuando esto sucede, lo hago desde el bando de las letras y la sensación de inutilidad que te crea la parte que defiende a muerte las ciencias. Es como kriptonita para el cuerpo.

Mi respuesta a la famosa preguntita es simple: nadie es más listo que nadie. Pensaréis: “claro, eres de letras, no vas a tirar piedras contra tu propio tejado”. La realidad es bien distinta. Ni una persona de letras es más lista que una de ciencias, ni lo contrario porque no son comparables entre sí.

Llega un momento en tu vida en el que no te queda más remedio que decidir qué camino quieres seguir. En mi caso fue al terminar 4º de ESO. Mi tutor, casualmente el mismo profesor que impartía las asignaturas de ciencias, me insistió hasta la saciedad que tenía suficientes capacidades como para ir por ese itinerario académico en vez de acceder al considerado para “tontos”. Mi respuesta fue firme y se mantuvo: “No, voy a ir por letras”.

Desde muy pequeña tenía claro que lo que quería estudiar era, como mínimo, Periodismo. Al final la vida me ha terminado llevando al doble grado de Periodismo y Comunicación Audiovisual. En cualquier caso, sabía que para llevar a cabo mi vocación tenía que seguir el “ninguneado” camino de las Humanidades y Ciencias Sociales, y el bachillerato de Ciencias no tenía ni una mínima contemplación para mí. Y ahí acabé, en el de bachillerato de letras.

Me gusta llamarlo así y no bachillerato de Ciencias Sociales y Humanidades porque a mí me permitieron combinar asignaturas, de forma que no hice ni la modalidad de Ciencias Sociales explícitamente, ni la de Humanidades, sino una intermedia entre ambas.

Aquí me gustaría iniciar una segunda queja dentro de la global: ni el Latín es una lengua muerta, ni tiene menos valor que las Matemáticas, ni la Literatura Universal o la Historia del Arte o el Griego son para facilitarte el camino en comparación con Economía o Geografía. Cada cual es libre de escoger aquello con lo que se siente más cómodo, le gusta más o le parece más válido y aplicable en futuros estudios. Esta es también una pelea interna entre los que escogen esta modalidad de bachillerato.

Rápidamente comenzaron las burlas en el bachiller por haber escogido Latín como asignatura troncal: “es que no hacéis nada”, “es que tenéis tirado aprobar” … Aquí va mi mensaje para los futuros Arquímedes, Pitágoras o Tales: ni yo puedo deciros cómo de complejas son una derivada o una matriz y cuáles son sus niveles de dificultad, ni vosotros podéis criticar a la ligera cuán complejas eran nuestras declinaciones, lo que viene a ser el equivalente a vuestras tablas de multiplicar, ni descifrar lo que Julio César o Cicerón intentaban transmitir de forma que tenga el sentido que ellos querían dar y no el que a ti te da la gana.

Pero volvamos al tema principal: ciencias vs. letras. Te irritas como lo hace un zapato recién estrenado si quien critica lo que haces es uno de tus familiares. Sin lugar a duda, la opinión que más escozor y cabreo me generó a mí creo que fue la de mi tío: “Periodismo, ¿y eso para qué sirve? ¿Por qué no estudias medicina o una ingeniería?, que eso tiene más salidas y es más útil”.

“¿Que eso tiene más salidas?” Imaginaos la reacción en el paseo de la playa, con más de un 50% de humedad, en pleno agosto y unos 24ºC en Asturias. Creo que si me hubieran tomado la temperatura hubiera hecho estallar el termómetro entre el calor y el enfado.

Donde no le puedo quitar la razón a mi tío es que no son (y nunca lo han sido) buenos tiempos para la comunicación. Lo que nunca le permitiré es el menosprecio que le hizo a mi vocación. Dos años más tarde aún tengo la espinita clavada.

Mentiría también si dijese que al menos una vez en mi vida no me planteé estudiar medicina pero, dada mi aprensión a casi cualquier cosa que pueda generar el cuerpo humano, descarté tanto eso como enfermería. También pensé en ingeniería aeronáutica o arquitectura, pero no me llenaba y la física nunca me ha gustado demasiado, y en estas dos carreras es esencial. Sin embargo, en ningún momento contemplé esas opciones por considerar Periodismo, Comunicación o Magisterio para gente “menos lista”.

Seguro que ahora mismo la pregunta que tenéis es esta: “¿y qué le dijiste?”. Pues mi respuesta fue algo similar a esto: “La información es poder. Sin ella, tú no puedes opinar de nada, porque serías un inculto, así que una carrera de letras que estás despreciando te concede el privilegio de charlar cada día con tus compañeros de trabajo o con los colegas del bar sin quedar como un completo imbécil. Además, me has dicho que por qué no estudiaba medicina, que era más útil, como dándome a entender que estoy dejando que me hagan tonta: no estudio medicina porque, además de que no me gusta, ninguna carrera de ciencias puede desarrollarse sin ninguna carrera de letras. ¿Cómo estudiaría un médico si jamás le hubieran enseñado a leer o a escribir? Y esto es aplicable a todas las carreras de ciencias. Las ciencias, no son nada sin las letras”.

Una vez hecho este razonamiento, me gustaría concluir reiterando que nadie es más listo que nadie por lo que escoja en su camino profesional, sobre todo en relación a la rama de lo que se dedique y, por último, cerrar con una frase que ya dije antes: las ciencias no son nada sin las letras, necesitan vivir en simbiosis. Así que si eres de letras jamás se te ocurra infravalorarte pese a la tendencia social que existe en hacernos de menos y quitarnos importancia.