El miedo al error será la marca de nacimiento de las próximas generaciones y la semilla para desarrollar el síndrome del impostor

En mi etapa dorada de la adolescencia, viví la cultura fan de manera muy intensa. Si algo me tocaba la fibra sensible, para mí no era suficiente con tener un póster en cada hueco de gotelé intacto de mi habitación. Tenía que ir más allá, así que desahogaba mi admiración creando club de fans.

Al salir del colegio, comenzaba mi segunda vida. Recuerdo que era fan de personas atípicas, por lo que la competencia en el sector era baja o inexistente, así que el monopolio de ideas y contenido lo controlaba yo. Aprendí a utilizar muchas herramientas de forma autodidacta, revisaba los contenidos, miraba las noticias del día y siempre que se podía actualizaba la información. Al mes caían unos cuantos montajes graciosos y el post de buenas noches nunca faltaba. En conclusión, estaba trabajando como Community Manager a tiempo completo y sin esperar nada a cambio. Así era yo: de profesión, fan, la única profesión libre del síndrome del impostor.

De profesión, fan. María Núñez

Después me hice mayor y mi segunda vida cambió. Ahora se llama futuro, mercado laboral e identidad digital. Así es, mi segunda vida son trillizos alumbrados a tiempos dispares, pero unidos por un hilo rojo nada romántico. Ahí me di cuenta de que mi experiencia con el club de fans, sería la última experiencia “laboral” que disfrutaría plenamente hasta dentro de un tiempo, ya que a medida que estos seres asomaban la cabeza, crecía en mí una sensación de miedo a ser insuficiente o incapaz de realizar un trabajo.

Navegando por la red, navegando en internet, navegando yo, te encontré: Síndrome del Impostor. El Síndrome del Impostor es el miedo experimentado por aquellas persona que al manifestar sus capacidades o habilidades en algún asunto temen ser descubiertas como incapaces de realizar el mismo. Dar con la existencia de este fenómeno psicológico dio sentido a muchos recuerdos e ideas aún por etiquetar. Había llegado a un punto en el que, en un supuesto caso de acceso a cualquier puesto del mercado laboral, estaría dispuesta a que me pagasen menos o incluso a que ni lo hicieran. Todo esto a cambio de trabajar con la tranquilidad de no tener miedo a equivocarme y sentir que por ello no estaba mintiendo a la persona que me había contratado. Porque ahí está la raíz de todo, en el miedo al error.

Según Eva Riumbau, profesora de la Universidad Oberta de Catalunya y experta en recursos humanos, el problema está en que no se valora el fracaso como algo que ayude a avanzar y el mundo de las redes sociales tampoco ayuda. Una vitrina en la que se censuran los fallos y procesos frustrados de la vida, no ayuda a normalizar el error, sino que provoca la misma sensación que pisar la baldosa equivocada en una película de Indiana Jones. Y bueno, si ya no cumples con el prototipo de hombre cishetero blanco, la inseguridad es mucho mayor. La sensación y, muchas veces realidad, es que son menos oportunidades a la hora de entrar en el mundo laboral y más oportunidades de quedarse en la calle ante un fallo.

Si me pongo extremista, podría decir que mi yo de 16 años estaba siendo feliz y tranquilamente explotado por mi persona, pero durante esa etapa las ideas fluían y yo me sentía orgullosa de lo que hacía porque no conocía, no esperaba nada a cambio y eso se traducía en no tener miedo al error. Una paradoja donde la preparación genera desconfianza y la ignorancia confianza. Además, estoy segura de que muchas personas, a pesar de llegar a tener como mínimo 3 idiomas, carreras, másteres, y aún sin conocerse en el mundo analógico, una identidad digital con un mínimo de 10.000 seguidores, no llegarán a tener la sensación de tranquilidad, confianza y competencia asegurada que tenía yo durante la gestión del club de fans. Luego nos sorprendemos ante titulares que demuestran que los jóvenes de ahora pasan más tiempo estudiando que trabajando. Es un constante “calienta que sales” con agujetas mentales.

Obviamente, no iré con la iniciativa de que no me paguen y que me exploten en mis futuros trabajos, pero estaría bien normalizar el error para comenzar a disminuir la cifra del 70% de trabajadores que sufren este síndrome, en vez de normalizar las condiciones que favorecen esta inseguridad. Sentir miedo es normal y al final, la máscara la tienen aquellos que se esfuerzan en colocar la etiqueta de tabú a los errores del ser humano. También es normal que no seamos capaces de enfrentar el miedo con nuestros propios medios y que tengamos que acceder a un profesional de la salud mental para que nos ayude a gestionarlo. Podríamos decir que el síndrome del impostor se trata de uno de esos “secretos a voces” que deberíamos compartir y desmontar para demostrar que es difícil convivir en mundo como apocalíptico, cuando en realidad tu sentimiento está más que integrado.