Con esta nueva serie de tres episodios, Netflix demuestra una vez más que lo importante es vender el producto, no su calidad — Sin spoilers

La nueva miniserie de Netflix Alguien tiene que morir está dirigida por el mexicano Manolo Caro, creador de La casa de las flores. En esta ocasión, propone un drama familiar en la España franquista de los años 50, época en la que la homosexualidad era duramente castigada.

La historia comienza cuando Gabino Falcón, hijo de una adinerada familia española, vuelve a casa tras llevar diez años en México. Pero no viene solo: su amigo y bailarín Lázaro lo acompaña. En una España tan conservadora como la de ese momento, que Gabino vuelva a casa acompañado de un hombre y que encima cuya profesión es la danza no sienta nada bien a la familia.

El reparto de la obra es la mezcla perfecta entre profesionalidad e influencia, entre actores veteranos y actores mucho menos curtidos. De todas las actuaciones destaca, ante todo, la de la brillante Carmen Maura, cuyo papel es el de matriarca de la familia Falcón. Además también encontramos a Ernesto Alterio, Mario la Fuentes, Cecilia Suárez (La casa de las flores), Carlos Cuevas (Merlí), Ester Expósito (Élite) y Alejandro Espeitzer (Oscuro deseo).

La guinda del pastel ha sido el famoso bailarín mexicano Isaac Hernández. En estos tres episodios tendrán lugar pocas pero sobresalientes escenas de baile que superan con creces las dotes interpretativas del bailarín. Está claro que Hernández cautiva mucho más bailando que actuando.

Fotograma de Isaac Hernández en ‘Alguien tiene que morir’ (2020).

En Alguien tiene que morir se cuida más el continente que el contenido, uno de los mayores problemas de las series producidas por Netflix actualmente. Es una pena que con una propuesta tan interesante y con una estética sumamente cuidada esta obra no haya llegado a la altura de las expectativas.

El problema de esta miniserie de tres episodios, o más bien esta especie de película en tres partes, es que no logra ni siquiera que el espectador empatice con los personajes ya que estos son clichés, carecen de matices y no terminan de arrancar en ningún momento. Por ejemplo, el personaje de Ester Expósito es una copia mucho más plana de su papel en Élite.

Ester Expósito en los papeles de Cayetana en ‘Alguien tiene que morir’ (izquierda) y Carla en ‘Élite’ (derecha).

Esta serie está bien para pasar la tarde de domingo. Es entretenida, pero no de calidad. El desenlace de la trama se lleva a cabo de manera atropellada y hace que el guion pierda toda su fuerza. Quizá si el formato hubiera sido el de largometraje en lugar de miniserie, se habría pulido todo un poco más.

Pese al carácter casi improvisado del final de la trama, Alguien tiene que morir sabe tratar con rigor y dureza la persecución de homosexuales y de la cárcel que suponía a algunas mujeres su propio matrimonio, dos problemas que durante el franquismo eran muy difíciles -por no decir imposibles- de cambiar.