¿Si no emprendo no soy nadie?

Es raro estar en la rampa de los 20 y no saber si es cuesta arriba o cuesta abajo. Ser consciente de que estos pueden ser “los mejores años de tu vida”, como nos llevan contando dos décadas. O de que nunca vas a ser más joven que ahora mismo. Te sientes muy joven, todo el mundo te dice que lo eres, intercalándolo de vez en cuando con “qué mayor estás”. Cumples años y sientes la presión de tener que estar haciendo algo con tu vida.

Lo más raro de entrar en los 20 es observar el círculo cercano. Tienes amigos que han dejado de ser hijos; unos pocos son ya padres. Hay amigos que te invitan a su boda y amigos que nunca terminaron bachillerato. Algunos siguen recibiendo la paga de sus padres, mientras otros han montado su propia empresa. Tu ex lleva ya dos años con su nueva pareja. Tu prima pequeña no sale de casa sin maquillaje. 

Si eres hijo único, te das aún más cuenta de lo mayores que están tus padres. En caso de ser el pequeño, ya no tienes excusas. Al ser el mayor, te toca espabilar más y abrir camino. Si eres el mediano, estarás en el limbo, como siempre, mientras ves la minigeneración de los pequeños de la casa pisarte los pies y la de los mayores arremolinarse en vidas laborales y esperanzas de independencia. Mires donde mires, la gente está creciendo y haciéndose hueco, a su manera. No tienes claro dónde encajas.

Triunfo o fracaso

Si hubiera que dar un lema a nuestra generación, sería este. Ya no sirve ser mediocre. Ahora tienes todas las herramientas para triunfar. En YouTube, tienes tutoriales para ser el mejor en cualquier programa informático. Los hobbies ya no son un entretenimiento agradable, sin presiones, como era dibujar a los siete años. Ahora, si dibujas, tienes que tener talento, ser el mejor y ganar dinero por ello, a ser posible. Si no es monetizable, es un fracaso.

La redes sociales no ayudan. Nos hacen pensar que, aunque hayamos vivido solo un quinto de lo que probablemente viviremos, ya hemos fracasado en la vida. Parece que todo el mundo está en una liga superior. Tus conocidos viajan con sus parejas a Bali, hacen roadtrips por la Costa Brava con sus maravillosos amigos y son emprendedores.

Comparas la familia, los amigos, las parejas, la carrera, el trabajo y hasta los tan mencionados hobbies con lo que “se supone” que hace la gente de tu edad. Puestos a compararse, te das cuenta de que en tu gremio siempre hay alguien que empezó antes y mejor que tú, hasta el punto de sentirte vieja en el apogeo de tu juventud. Olvidamos que en las redes sociales nadie va a retransmitir lo malo: sus rupturas, los problemas de convivencia, lo que les sale mal o las broncas con sus padres. Parece que todo el mundo tiene el trabajo idílico, la pareja perfecta, los amigos más guays y la familia más envidiable.

La crisis de los 20

En cierta manera, los 20 son los nuevos 30. La obra de Muerte de un viajante, de Arthur Miller, achaca bien este sentido del éxito: un padre de familia, Willy Lodman, tiene grandes expectativas para sus hijos. A sus 30 y pocos años, ambos son un fracaso. El autor reflexiona, en referencia al personaje del padre, que “el que siga habiendo tantos Willy en el mundo se debe a que el ser humano se supedita a las imperiosas necesidades de la sociedad o de la tecnología y se anula como individuo“. Antes los Willy eran los padres; ahora somos nosotros mismos quienes nos imponemos las expectativas de triunfar antes que vivir.

Nos exigimos una vida basada en estándares de éxito, porque es lo que desayunamos, comemos y cenamos en las redes sociales. Creemos que no seremos felices a menos que tengamos tanto como otros, o les superemos. Sentimos la necesidad de crear nuestra propia burbuja donde el fracaso no nos pueda asolar. Por eso la gente peta sus perfiles sociales, tanto online como en círculos personales, con sus triunfos, y llora sus fracasos en soledad.

Las redes sociales, especialmente aplicaciones como Instagram, se fundamentan en suscitar la envidia de otros, que al mismo tiempo tratarán de alcanzar el éxito en cada uno de los aspectos de su vida para ser envidiados. Un uróboro que ha sentado cómo los jóvenes que hemos crecido con las redes percibimos nuestras propias vidas y lo que creemos necesitar. Números de seguidores, de likes, de comentarios; quién te sigue, quién te deja de seguir. Antes, el que era rico había triunfado. Tenía la vida hecha. Ahora, el que triunfa tiene reconocimiento y suscita envidia, aunque no tenga dinero.

Basamos nuestro concepto del éxito en tener envidia o provocarla, según lo que hemos mamado. De esta forma, es complicado, si no imposible, no entrar en crisis a la hora de enfrentarse al posible fracaso público a expensas del éxito personal.

Un pensamiento en “20 años y fracasada

  1. Articulo acierta totalmente. Muy dificil gestionar tanta presion social. Si antes ya era complicado ser joven, ahora es tremendo. Los jovenes no tienen ningun escondite para relajarse, para evitar ser evaluado.

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