¿Cómo sabemos si una adaptación cinematográfica es buena? ¿Tiene que ser fiel? ¿Es justo valorarla según el nivel de proximidad que mantiene con el libro del que parte? Estas preguntas, que, por cierto, se han repetido ya hasta la saciedad, tienen tantas respuestas como espectadores puede tener una película. A pesar de la variedad de opiniones, podemos estar de acuerdo en que las adaptaciones suelen acarrear una connotación negativa, y es que se las considera, de partida, obras secundarias, dependientes, a veces incluso inferiores al texto original. Pero una película es una película y, como tal, tenemos que saber juzgarla por sus propios méritos, como una obra autónoma que, sí, nace de otra, pero tiene vida propia.

En este artículo hablo de cinco adaptaciones a la gran pantalla que, teniendo en cuenta su relación con las obras que adaptan, considero que vale la pena ver no porque sean más o menos fieles, sino porque son buenas películas.

Rebeca (Alfred Hitchcock, Estados Unidos, 1940)

Rebeca (1940), de Alfred Hitchcock, comienza con la voz en off de la protagonista, cuyo nombre nunca llegamos a conocer, mientras pronuncia una frase que ya es un clásico: “Anoche soñé que volvía a Manderley”. En el travelling que da inicio al largometraje, la cámara flota entre la niebla y, como un espíritu, atraviesa la verja y se acerca hacia la mansión arrastrada por la voz de la actriz Joan Fontaine, que empieza a contarnos la historia en analepsis.

Esta emblemática apertura muestra todos los ingredientes que convierten la primera película del director británico en Hollywood en una gran adaptación de la novela de Daphne du Maurier, publicada en 1938. En especial, cabe destacar la capacidad de Hitchcock para capturar la atmósfera fantasmal y los elementos góticos propios del texto original, así como la presencia casi viva de la mansión Manderley, que parece observar a los personajes y albergar secretos y fantasmas.

Un gran pero de la película es que, debido al Código Hays y, por qué no decirlo, la indiferencia que sentía Hitchcock por la novela de Du Maurier, ciertos aspectos se obviaron del guion: entre otros, hubo un intento de difuminar el subtexto lésbico en la relación entre la Sra. Danvers y Rebeca, aunque sin demasiado éxito. El producto final resulta un tanto conservador, pero, aun así, vale la pena el visionado.

El resplandor (Stanley Kubrick, Reino Unido, 1980)

El resplandor (1980), dirigida por Stanley Kubrick, es un gran clásico del cine de terror y una de las adaptaciones con más impacto cultural de nuestros tiempos. Y, sin embargo, Stephen King ha expresado en múltiples ocasiones su rechazo hacia la película, cuyo director, según dice el rey del terror, no entiende las reglas del género.

La escasa estima del autor de El resplandor (1977) por la adaptación de Kubrick se debe a que en muchas ocasiones se distancia del material original y, en particular, sustituye las explicaciones paranormales del libro por una tensión psicológica que huye de lo racional. En la película, los fantasmas pierden peso frente al terror de una violencia más tangible, más cercana; cuando Jack Torrance, sin explicación aparente, coge un hacha y persigue a su familia para matarla, lo espectral pasa a un segundo plano.

El director neoyorquino, más allá de cualquier cuestión de fidelidad, crea en este filme un universo visual que trasciende la obra que adapta. Las magníficas interpretaciones del elenco y la introducción de la steadycam para perseguir a los personajes por los pasillos del hotel Overlook, así como el uso de colores vivos —entre los cuales destaca un asfixiante rojo— y de espacios amplios pero cerrados que generan una sensación de aislamiento, nos empujan hacia el centro de un terror más psicológico que sobrenatural.

Carol (Todd Haynes, Reino Unido, 2015)

En el epílogo de Carol (1952), Patricia Highsmith cuenta que, antes de la publicación de su novela, los personajes homosexuales terminaban pagando por sus transgresiones cortándose las venas, sumiéndose en una depresión infernal o fingiendo ser heterosexuales por el resto de sus vidas. Y sí, en esa época ya había novelas de temática queer, pero sus protagonistas solo contaban con tres opciones al aproximarse el desenlace de la narración: la muerte, la miseria o la mentira. Lo que hace a Carol diferente es que, quizás por primera vez en la historia, la autora teje un romance lésbico que no desemboca en grandes tragedias entre las protagonistas, aunque tampoco esconde la homofobia a la que se ven sometidas.

En la adaptación cinematográfica, Todd Haynes nos transporta a los años cincuenta con una primera escena que pone esta cuestión en el punto de mira. En este sentido, el filme es muy coherente con la novela que adapta, pero son los aspectos formales y la puesta en escena los que lo convierten en una película deslumbrante: el juego con las miradas, con los espejos y los reflejos, con las luces y los espacios, el vestuario, los colores… Todo ello amplía el universo planteado en el libro.

La doncella (The Handmaiden) (Park Chan-wook, Corea del Sur, 2016)

La doncella (The Handmaiden) (2016), dirigida por Park Chan-wook, es la adaptación cinematográfica de la novela británica de Sarah Waters, Fingersmith (2002), que formó parte de la lista de finalistas al Premio Booker en 2002. Se trata de una de las interpretaciones más libres de esta lista, puesto que descarta el contexto victoriano de la obra original y traslada los hechos a la Corea ocupada por los japoneses en la década de los treinta. En este escenario tan tenso se desarrolla una retorcida trama de engaños y deseo en la que una joven coreana entra al servicio de una heredera japonesa con la intención de timarla.

A través de su compleja estructura y una serie de giros argumentales sorprendentes, la película traza un esquema de las distintas funciones sociales del sexo. Este es uno de los aspectos más fascinantes del largometraje: el sexo aparece como símbolo de dominación, poder, interés o romance, e incluso analiza las relaciones geopolíticas entre Japón y Corea durante la primera mitad del siglo XX. El juego de perspectivas planteado por la estructura en tres partes del relato, además, enfrenta las miradas masculinas y femeninas de los personajes y culmina con un final un tanto desdibujado en comparación con la maestría formal de la primera hora del filme.

La buena letra (Celia Rico, España, 2025)

“La buena letra es el disfraz de las mentiras”, dice Rafael Chirbes en la novela que inspira esta adaptación. No obstante, puede que la cita del escritor sea uno de los pocos hilos que conectan ambas obras, y no me refiero a que sean muy dispares a nivel narrativo, sino a que se centran en dimensiones distintas del mismo relato.

La buena letra (2025), dirigida por Celia Rico, pone el foco en las relaciones entre los personajes, en el intimismo y la cotidianidad, y difumina la carga política que caracteriza la novela de Chirbes. Al centrarse en los sentimientos y las dinámicas entre los protagonistas —lo cual sustituye, por necesidad, otros aspectos del material original, ya que no todo puede mantenerse en una adaptación—, Celia Rico omite detalles importantes y, como resultado, se diluye el significado político de la historia.

A juzgar por este párrafo, podría parecer que la película no me gusta, pero si la pongo en esta lista es por algo. Si pasamos por alto esta serie de decisiones —que son, en mi opinión, lo más reprochable del filme—, tenemos una obra que destaca por su uso de los espacios interiores. Los planos asfixiantes en la casa generan la impresión de una jaula hecha de puertas y marcos que reflejan la reclusión y la soledad de la protagonista como consecuencia de un contexto histórico concreto: la posguerra española.

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