Un dilema existencialista de dormitorio

Cada ser humano invierte unos 25 años en el proyecto universal del dormir. Mientras que roncamos, rodamos kilómetros y kilómetros sobre la cama y nuestros calcetines desaparecen en el Triángulo de las Almohadas, prometedoras historias de amor se estrellan contra el implacable muro de la realidad, imperios económicos caen y, con todo, cuando nos despertamos, Jordi Hurtado (y el dinosaurio) todavía siguen allí.

Resulta paradójico que una tarea tan colosal como es la de dormir un cuarto de siglo resulte tan amena y reparadora. Cuando nos vamos a planchar la oreja, creemos que por un rato podremos librarnos de la insoportable lucha vital que configura nuestra existencia diurna, aunque lo cierto es que al cerrar los ojos no hacemos más que incorporamos a un batallón onironauta, destinado a combatir en una trinchera excavada en el incierto terreno de los sueños. Durante nuestra campaña nocturna de ocho horas (que afortunadamente se puede alargar hasta el mediodía los fines de semana) bien nos podemos enfrentar en la más completa desnudez a las indiscretas miradas de nuestros compañeros de clase de la infancia, bien podemos contemplar aterrorizados cómo nuestro amor platónico metamorfosea en nuestra propia abuela, destrozando por completo lo que estaba siendo, hasta hacía un momento, un placentero sueño húmedo.

Pese al chasco, nuestra abuela no es la peor de las bestias con la que nos podemos topar en el reino de Morfeo, pues es bien sabido que nuestros peores miedos son los que moldeamos en esas noches febriles de sueño interrumpido y almohada empapada. Salir ileso de estas escaramuzas, muchas veces gracias a la intervención del despertador, resulta agotador. ¿Por qué si no nos levantamos tan cansados siempre?

El sueño de la razón produce monstruos (1799). FRANCISCO DE GOYA (WIKIMEDIA COMMONS)

Incluso cuando ponemos tierra de por medio con nuestra cama, la guerra nocturna nos acecha. Es imposible eludirla, pues forma parte de nosotros, tanto como nuestros lunares y nuestros dientes. Cada sueño que experimentamos, cada simulacro de realidad que se despliega ante nosotros sin que nos demos cuenta, supone una bobina más que se integra al amasijo de metraje onírico que cargamos a nuestras espaldas para el disfrute de los psicoanalistas, de los cineastas surrealistas y de los más extravagantes y vulgares poetuchos de Malasaña.

Calderón de la Barca se equivocó cuando tituló a su obra cumbre La vida es sueño, pues el sueño, como bien predicaron André Breton y sus colegas en los cafés parisinos, es una vida por encima de la vida. Y eso es algo que nuestro lado más primitivo conoce a la perfección, pues en el caso contrario jamás habríamos desarrollado adaptaciones evolutivas como el microsueño durante la clase de Historia, la cabezada indiscreta durante el turno de guardia o la siesta que acompaña a la comida copiosa. El ser humano ha dormido en árboles, en cuevas, en palacios, en transbordadores espaciales y en iglús; cientos de amantes han descansado noches enteras confinados en armarios, después del inesperado regreso del hombre de la casa; un anciano en Rumanía durmió 150 años del tirón, despertó, pidió a sus bisnietos que le cambiasen las sábanas y se volvió a acostar.

Ninguna fuerza de la naturaleza ha podido hacer que la raza humana cese en su empeño de dormir. El descanso ha sido, por el momento, la única batalla que hemos ganado como especie, el único rasgo que nos conecta y nos define. Los representantes de todas las naciones, de todas las religiones y de todos los equipos de fútbol están de acuerdo en que nos gusta dormir. Quizás por eso los individuos que padecen insomnio se sienten tan desgraciados.

El expresidente de España, Don Mariano Rajoy Brey, defendiendo el valor universal de la siesta española en la Asamblea de las Naciones Unidas. (WIKIMEDIA COMMONS)

El baluarte y la consecución de este triunfo colectivo es la cama. ¿Quién eres tú para despreciar este irresistible combinado de colchón, madera y deseo? ¿Quién eres tú para romper con la perfecta simetría del único refugio con el que contamos? Te estoy hablando a ti, aliado de los ácaros, que abandonas las sábanas a su suerte todas las mañanas, que piensas que restablecer el orden en el caos de mantas revueltas es inútil porque en tan solo unas horas vas a yacer de nuevo sobre un colchón que no te mereces. Con todo mi pesar, me dirijo a ti, al espabilado que cree que dejar la cama sin hacer le va a proporcionar unos minutos extra con los que alargar una vida carente de sentido. Como todos los hombres insignificantes, no eres sensible a la belleza que emana de los objetos en su estado más puro y virginal, que el genio Unamuno describe a la perfección en su novela Niebla:

Es una desgracia esto de tener que servirse uno de las cosas (…) tener que usarlas, el use estropea y hasta destruye toda belleza. La función más noble de los objetos es la de ser contemplados. ¡Qué bella es una naranja antes de ser comida! Esto cambiará en el cielo…

Niebla de Miguel de Unamuno (1907)

Teniendo en cuenta que desde tu mundana posición resulta imposible nutrirse de los valores de la alta literatura, abandonaré el campo de la estética y trataré de curar tu abulia mediante la filosofía. El premio Nobel de literatura Albert Camus publicó en 1942 El mito de Sísifo, una obra importante dentro de la corriente del existencialismo francés, que se configura como un ensayo filosófico acerca de la cuestión del suicidio, y de por qué el hombre absurdo (que no encuentra sentido a una vida en la que los disgustos superan a las alegrías) no debe cometerlo.

No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si vivir la vida vale o no la pena es responder a la pregunta fundamental de la filosofía

El mito de Sísifo de Albert Camus (1942)

Para desarrollar su teoría, Camus establece un paralelismo entre el hombre absurdo y el personaje de la mitología griega Sísifo, condenado por los dioses a arrastrar durante toda la eternidad una pesada piedra hasta lo alto de una montaña. Cuando Sísifo alcanzaba la cima, la roca rodaba hasta la falda de la montaña y el condenado estaba obligado a subirla de nuevo, invirtiendo un esfuerzo desmedido en una tarea que carecía de significado. La vida del hombre moderno, según Camus, es susceptible de convertirse en un castigo similar al de Sísifo, cuando cualquier acontecimiento puede poner de manifiesto la falta de propósito de las acciones que llevamos a cabo día tras día. ¿Por qué voy a estudiar, si un título universitario no me va a garantizar ser feliz? ¿Por qué voy a hacer deporte, si con 60 años todo el vigor que haya podido acumular durante la juventud se desvanecerá? ¿Por qué voy a esforzarme en realizar mis proyectos, si la ansiedad, la angustia, la tristeza y el dolor permanecerán ahí, aferradas a un oscuro jirón del rincón más sucio de mi alma, hasta que toda mi obra se vea sepultada por la irrefrenable fuerza del tiempo?

¿Por qué voy a hacer la cama, si esta noche la voy a tener que deshacer?
Albert Camus, probablemente el filósofo más sexy de la historia. Él nunca tuvo que plantearse si hacer la cama o no, porque siempre la debía de tener ocupada. (WIKIMEDIA COMMONS)

Lo cierto es que el escritor argelino no hizo más que sistematizar y dotar de un aspecto sofisticado a un dilema que resuelve el sistema de creencias que nos han tratado de inculcar nuestras madres desde que éramos unos mocosos. Nuestras madres (y en menor medida nuestro padres, hay que ser realistas) no hacían más que rescatarnos del abismo del absurdo cuando nos repetían, por activa y por pasiva, que cambiásemos las sábanas. Estas pequeñas trifulcas domésticas, entre figuras paternas y su descarriada prole, no solo tienen el objetivo de preservar nuestra higiene física (pues abundan las sábanas con tacto de cartón), sino también el de salvaguardar nuestra higiene espiritual.

Nuestras madres habrán tenido crisis existenciales, y puede que hayan leído a Camus o no. Pero eso no importa. La importancia del orden en el hogar, por más que nos parezca que responde a criterios estéticos o prácticos, tiene una índole irracional. La pila de libros que no leemos nunca y que se agolpan en la estantería tiene que estar ordenada y presentable porque sí. Los pijamas, los calzoncillos y los chándales no pueden compartir un mismo cajón porque no. Nuestra cama tiene que estar bien hecha porque así se ha hecho siempre, porque así es como se supone que debe verse un catre, aunque nadie venga de visita, aunque nadie vaya a admirar nuestra obra.

El afán de nuestros padres por el orden doméstico, que ya nos invadirá junto con las canas, no es más que una reacción al ultrarracionalismo que ha arrastrado al hombre al absurdo. No son necesarios los espectadores ni tampoco es necesario un propósito para consolidar una obra que puede ser la de hacer tu cama, la de escribir ese libro que te has propuesto publicar o, por qué no, la de vivir tu propia vida.

Cuando Sísifo se siente feliz mientras arrastra la roca o hace la cama, cuando no necesita nada más que saber que con cada acción que lleva a cabo se está haciendo a sí mismo, se rebela contra la frustración y el dolor que le han acompañado durante toda la vida.

Dejar la cama sin hacer es el suicidio filosófico de la voluntad. Si dejas la cama sin hacer, te estás abandonando a la tiranía de las causas y los motivos, de las metas y los objetivos de producción. Niegas el valor de las muecas que hacemos a los niños pequeños en el transporte público, desprecias la belleza de las canciones que tarareamos bajo la ducha y la sensualidad fría de las gotas de agua que se precipitan sobre nuestra piel cuando decidimos, porque sí, que nos apetece pasear bajo la lluvia.

Hacer la cama no tiene mucha más utilidad que la que tiene robarle un beso a una persona que queremos. En un mundo de corazones rotos y de camas deshechas, adecentar unas cuantas mantas y degustar unos labios ansiados pueden ser los primeros pasos a la hora de encontrar un sentido que defina nuestras vidas.

El sacrificio (1986). ANDRÉI TARKOVSKI (FILMAFFINITY)

Si todos los días, cuando las agujas del reloj ocupasen la misma posición, alguien realizase el mismo acto, como un ritual inmutable y sistemático, todos los días a la misma hora, el mundo cambiaría.

El sacrificio de Andréi Tarkovski (1986)