La búsqueda de vínculos afectivos duraderos en el nuevo orden posmoderno de la felicidad instantánea

Aunque muy practicada por todas las clases sociales, sexos y sexualidades; la infidelidad sigue siendo hoy un tabú. No se habla abiertamente de ella, no se profundiza en el tema, pero está presente en la vida de millones de parejas. Además, sigue teniendo una concepción ambigua: mientras la Iglesia la condena claramente, la ciencia parece apoyarla. De la misma forma, los individuos no suelen definir su postura por el “nunca digas nunca”, al igual que el Estado que, de hacerlo, es de acuerdo a la conveniencia política del momento.

Se puede definir la infidelidad como la ruptura del acuerdo explícito o implícito de monogamia establecido por la mayoría de las parejas sentimentales. El rompimiento de ese ideal conjunto depende de los límites de fidelidad marcados por cada uno: en la mayoría de los casos la línea se sitúa en la práctica sexual mientras otros la sitúan en el flirteo o las fantasías sexuales. Con todo, además de la infidelidad física (propia de mantener una relación sexual con una tercera persona), también se puede hablar de otros tipos más complejos. La infidelidad emocional, además del componente físico, es definida por la intimidad emocional y exclusión de la pareja primaria e incluye recursos como el amor romántico, la atención y la involucración emocional.

Asimismo, es complicado hablar abiertamente de la infidelidad por su potencial efecto dañino en los individuos y sus relaciones, ya no solo en la pareja primaria, sino también en su familia y círculo cercano. La aceptación y superación de una infidelidad es un proceso complejo y multidireccional que entraña numerosos secuelas negativas como depresión, ansiedad, falta de autoestima… Aunque la experiencia de pérdida es universal por parte de las personas implicadas en relaciones íntimas en las que su pareja es sexual o emocionalmente infiel, existen una serie de variables en el impacto que puede tener. El bienestar sentimental y psicológico de una persona es un factor clave del que depende su reacción. De la misma forma, las infidelidades emocionales suelen ser más dolorosas junto con aquellas en la que la entrega en la relación y la dependencia alcanzan valores importantes.

Desde el punto de vista científico en multitud de ocasiones se plantea la infidelidad como algo natural e innato. En el campo de la psicología evolutiva el autor Mario Zumaya apunta en su libro La Infidelidad: ese visitante frecuente (2006) que el ser humano no tiene la capacidad de enamorarse para siempre por lo que “es natural, a veces y bajo ciertas circunstancias, cometer adulterio”. La neurología apunta que las personas con dos copias del alelo 334 (receptor de la arginia, hormona básica producida naturalmente y presente en el cerebro de la mayoría de los mamíferos) tienen mayor tendencia a tener crisis de pareja. Por último, en el artículo La trama de la Infidelidad (2007) José Velasco García apunta que desde el psicoanálisis “la tendencia a sustituir a esa persona es muy fuerte y se sostiene, en parte, en las exigencias de la pulsión. Exigencia que se puede concretar en la infidelidad”.

La infidelidad y el posmodernismo

Warhol Birth of Venus de Andy Warhol (1984)

Por su parte, el engranaje social influye en la envoltura psíquica de la pareja y viceversa, lo que influye en la infidelidad y en su concepción. La actualidad viene marcada por el posmodernismo en el que la sociedad se caracteriza por el hedonismo, el narcisismo, el individualismo y en definitiva por el imperio del súperyo. Además, en la era posmoderna se produce una profunda modificación de la moral sexual tradicional en el que la sexualidad se independiza de la moral y adquiere legitimidad en sí misma como instrumento de felicidad, el “sexo-pecado” ha sido reemplazado por el “sexo-placer“. Estos cambios producen lo que el filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky denomina un “Nuevo orden amoroso” en el que las relaciones amorosas carecen de enlaces duraderos: los individuos buscan la satisfacción casi instantánea de las necesidades desarrollando relaciones con escaso nivel de compromiso de manera que, en cuanto el fuego se apaga, rompen con el vínculo sin volver la vista atrás en busca del siguiente chute de sentimiento.

Al mismo tiempo, la ausencia de compromiso y la superficialidad de los vínculos provocan en el sujeto posmodernista una sensación de vacío muy intensa ligada a un incremento de la demanda afectiva. De esta forma, la persona buscará un relación intensa llena de contradicción en la que pueda llenar su vacío vincular al mismo tiempo que no implique intimidad, compromiso ni estabilidad para poder desarrollarse individualmente. La infidelidad aparece entonces como solución a esta fata de concordancia entre la mitad que quiere volar libre y la mitad que busca lo seguro. Las relaciones humanas pueden tomarse entonces como conexiones que conforman un red integrada de redes en las que hombres y mujeres desean estar conectados para poder conectarse a la vez que existe la constante posibilidad de la desconexión sin compromisos, confusiones o malestares.

De esta forma, la fidelidad aún hoy se toma como un valor positivo debido al deseo de seguridad y estabilidad emocional en sociedades cada vez más móviles e invertebradas en el ámbito de las relaciones afectivas. La fidelidad sigue siendo un deseo del hombre individualista y narcisista. No obstante, en las sociedades posmodernas se ha desarrollado el cortoplacismo como paradigma relacional en la forma que se acepta la disolución del vínculo de pareja antes pensado para toda la vida. En otras palabras, se ha sustituido el “hasta que la muerte nos separe” por “hasta que dure el amor“. Esto ha llevado a la desaparición de la idea de la “fidelidad eterna” propia de la sociedad burguesa para pasar a valorar la fidelidad únicamente durante el tiempo en el que se ama.