¿Por qué los sueños se esfuman antes de que podamos recordarlos? ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar por ellos?

A veces cuando me despierto, descubro que estoy llorando. Nunca consigo recordar el sueño que he tenido, pero la sensación de que he perdido algo me acompaña durante un rato. Es como si siempre estuviera buscando algo… O a alguien.

Diálogo a dos voces Taki/Mitsuha al comienzo de Your name.

Hace poco me sorprendí viendo otra vez Your name (2016) para un trabajo de la universidad. No puedo negar que tiene algo que me atrapa, porque en el último año he visto esta maravilla media docena de veces. Es una de las pocas películas que jamás desearía ver por primera vez, precisamente porque siempre que la veo aprendo algo nuevo que no sabía. Tiene algo que me atrapa; un gancho particular que conecta conmigo como ninguna otra película ha llegado a conectar. Y es que, por así decirlo, cada vez que veo Your name me siento dentro de un sueño.

Banda sonora de la película ‘Your Name’ por el grupo RADWIMPS, recomendada para leer el artículo.

A veces, lo que hay detrás de los sueños nos enseña más de nosotros mismos que el día a día. Son el nocturno espejo del alma; que con el reflejo de su luz reaviva, durante los breves instantes que podemos recordarlos, aquello que no vemos despiertos. Cada segundo cuenta y vale por mil de los reales.

Sin embargo, soñar no significa necesariamente estar dormido; sino que es más bien una especie de estado mental (no en valde existe la expresión soñar despierto). Soñar es lo que hacemos cuando abandonamos nuestro cuerpo y dejamos a la mente flotar entre las nubes de lo irreal, de lo fantástico. En nuestros sueños descubrimos el amor que echamos de menos, pero también nos damos la posibilidad de crear más allá de los límites de la realidad. Si hay algo que escapa a la censura que nos auto-imponemos y que dejamos que nos impongan es precisamente aquello que se escurre libre a través de las rejas del pensamiento.

Puede llegar a resultar frustrante volver a la realidad, sobre todo cuando muchas veces sabemos que lo que hemos soñado ya se ha perdido. Nos aferramos al recuerdo porque, en el fondo, ya no está. Ha desaparecido, y una nueva ola de estímulos nos golpea, difuminando los pocos vestigios de lo que era. Su fragilidad hace explotar los cristales del espejo y los convierte en peligrosos cuchillos que rasgan nuestra piel y nuestra alma. Nos deja sangrando, moribundos a merced de la diurnidad y el esperpento. Pero, cuando nos sentimos más vivos soñando que despiertos, ¿de verdad somos capaces de distinguir cuál de los dos mundos es el real? Nos enfrentamos con el monstruo que nos atormenta por el día, todo para volver a ver al ángel que nos visita por las noches. Nos escondemos de los ruidos atronadores en busca del amparo que solo el silencio y la luz de estrella nos ofrecen. Y todo eso, ¿para qué? Para hacer lo más humano que tiene nuestro ser: vivir para seguir soñando.

Los sueños son la cápsula de escape, la última esperanza que siempre nos quedará. Darse por vencido es difícil, porque siempre quedará esa última defensa. Siempre nos picará la curiosidad de qué habrá o podrá haber pasado si un día descubrimos de dónde viene esa sensación que recalcan Taki y Mitsuha, y qué es lo que la provoca. ¿Qué es lo que hemos perdido y cuándo podremos volver a acariciarlo? ¿Cuándo podremos recoger con nuestras ásperas manos los cristales rotos y reparar la fragilidad de lo que ya se ha ido?

Fotograma de ‘Your name’ (2016). (FilmAffinity)

Aunque esto no sea la sección de Discordia dedicada a las recomendaciones, no puedo evitar pedir que, si lees esto, le eches un ojo a Your Name (Filmin, Netflix…). Da igual si la animación es o no un género que te gusta, lo cierto es que lo que verás en esta película es algo que no vas a encontrar en ninguna otra.