Aunque Noemí Galera no nos haya implantado nanobots, OT tiene mucha influencia sobre nuestra percepción del mundo de la música

A estas alturas del cuento no hace falta insistir más en el varapalo que la crisis del coronavirus ha propinado a nuestra ya añorada “vieja normalidad“. Desde la comodidad de mi casa, pese a encontrarme muy cerca de un hospital y de dos residencias, tuve el privilegio de experimentar, en parte, el angustioso proceso de “escalada” de la enfermedad a través de las anomalías, maniobras y equilibrismos que los medios de comunicación han tenido que llevar a cabo para continuar funcionando en unas circunstancias tan extrañas: los formatos “desde casa” que han intentado mantener la rutina televisiva habitual y los ajustes en la programación que las distintas cadenas han llevado a cabo contribuyeron a disparar aún más el “medidor de singularidad” que, como todo ser humano acomodado del siglo XXI, llevo incorporado en alguna región de mi alma o de mi hipotálamo, para saber regresar, como las palomas mensajeras, a mi zona de confort en el caso de que las cosas se descontrolen de más. Que ahora esté hablando acerca de la televisión y no de las cifras de muertos demuestra que los que no tenemos que lamentar ninguna pérdida contamos con la suerte de haber sufrido tan solo la pandemia de la incertidumbre y la confusión, que surgió a partir de la ruptura de una normalidad dentro de la cual habíamos vivido toda nuestra vida y que, en mi caso, se empezó a resquebrajar esa tarde del 12 de marzo en la que la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso, me hizo entender que aquella mañana, sin yo saberlo, había asistido a la universidad por última vez en mucho tiempo.

El ser humano tiene una capacidad de resiliencia espectacular, como bien se esfuerza en demostrar Calle 13 en su tema El Aguante: pudimos aguantar y adaptarnos para trabajar y estudiar desde casa y para convertir nuestras reuniones sociales en videollamadas que iban habitualmente acompañadas de partidas de Pinturillo. Sin embargo, fue la desaparición temporal de tres hitos de la cultura española la que más repercutió, de manera simbólica, en los pilares de nuestra civilización mediterránea: los bares, el fútbol y Operación Triunfo han sido tres constantes que siempre han estado ahí para nosotros, y que por su enorme popularidad parecían indestructibles. Solo un desastre bíblico hubiera podido acabar con ellos, y más o menos ha ocurrido así, aunque no de manera definitiva, pues estos tres adalides del orden establecido hace unas semanas que vuelven a formar parte de nuestras vidas. Como amante de la cerveza me alegra el regreso de los bares; como amante del sofá el retorno del fútbol me es indiferente; pero, como amante de la música, me gustaría que el coronavirus se mantuviese latente en los rincones de la academia de Operación Triunfo y en los sillones de La Voz, impidiendo la celebración de nuevas galas y demás actos que tienen mucho de espectáculo pero muy poco de música real.

Una vez que los bares en España volvieron a abrir, las tensiones políticas y sociales se suavizaron: como por arte de magia, el equilibrio se había reestablecido. Life of Pix

Ojo, este asunto no es una cuestión de gustos, y quiero que se aleje del clásico debate rancio, propio de quinceañeros, en el que se esgrimen argumentos al estilo “el rock es el mejor estilo musical”, “el pop no tiene alma” y “el reggaeton no es un género musical de verdad” (esto último a día de hoy no se lo cree nadie). Si tuviese que aproximarme en estas líneas a un debate de los rancios, me referiría más al clásico enfrentamiento entre la música comercial y la independiente o underground. Aunque solemos asociar determinados géneros con lo mainstream y otros con lo underground, lo cierto es que estas etiquetas se corresponden solo con el presupuesto y el dinero que mueve cada artista, y no con el carácter de su obra: el reggaeton era una música minoritaria e independiente en la misma época en la que Guns and Roses llenaban estadios y facturaban millones de dólares. Toda la música que surja en torno a Operación Triunfo es automáticamente comercial, en tanto que, hasta este año, todos los artistas que pasaban por el programa firmaban un contrato con la discográfica Universal. Y no pasa nada: la música comercial no es mala por naturaleza, pero su consumo y promoción trae consigo una serie de implicaciones, y más si se lleva a cabo a través de una cadena de televisión pública como es La 1.

Es indudable que Operación Triunfo cumple la función de entretener, y también que es un programa rentable y un completo éxito de audiencias. Pero, desde el punto de vista cultural, ¿en qué posición queda Televisión Española siguiendo el juego a las grandes discográficas y a las empresas de siempre, a los viejos dinosaurios que llevan décadas controlando el mercado? ¿Acaso no es posible aunar la rentabilidad y la innovación, lo genuino y lo exitoso? Con Operación Triunfo, Televisión Española entra a jugar en la misma liga que La Voz o el Número Uno, programas que, por pertenecer a cadenas privadas, tienen el objetivo lícito de generar el máximo beneficio posible. Pero, desde mi punto de vista, la ventaja (y el sentido) de contar con una televisión pública es que esta no depende de la publicidad y, por lo tanto, no funciona (tanto) bajo las dinámicas de la televisión privada. Y por ello, puede experimentar y arriesgar, y ofrecer contenidos más minoritarios que en ningún otro lugar íbamos a poder encontrar. En Operación Triunfo, el mercado manda, y eso es indiscutible. Aunque los concursantes son artistas anónimos, ya en la selección de participantes se buscan determinados perfiles para elaborar, en un complejo proceso de manufactura, unos productos de mayor o menor calidad que algún día serán Aitanas o Mikis. Mientras se invierten tantos recursos en construir a las estrellas del mañana, otros formatos como Los Conciertos de Radio 3, en los que se ofrecen actuaciones en directo de grupos emergentes que no tendrían cabida en ningún otro espacio, se emiten de madrugada (y de milagro) con una limitación de medios de la que se lamentaba su antigua presentadora, Virginia Díaz, en una entrevista que tuve el placer de hacerle. Siempre que reflexiono acerca de este complicado equilibrio entre lo popular y lo minoritario, me pregunto si lo popular es popular porque de verdad es lo que nos gusta a casi todos o si solo lo es porque nos lo repiten todo el día y es a lo que nos terminamos acostumbrando.

Puedes consumir los productos que quieras, y beber exclusivamente Coca-Cola, comprar solo en Amazon y cenar todas las noches en McDonald’s: es ameno, agradable y está en todo momento al alcance de tu mano. Mientras tanto, la librería de tu barrio cierra, el dueño del bar de la esquina hace malabarismos para llegar a fin de mes y el grupo de cinco chavales que ensaya en un garaje vuelve a tocar en una sala a la que solo han acudido sus amigos, cerca de un estadio repleto de personas que han pagado 80 euros por ver al artista de moda. ¿Y qué culpa tiene Operación Triunfo de esto, si no he hecho más que describir el panorama al que se llevan enfrentando los músicos toda la puta vida?

Ambiente en una sala de conciertos pequeña en Madrid un jueves cualquiera. Ken Kistler

Aparte de lo ya dicho, que este tipo de espacios dan voz por lo general a artistas que se acomodan a los gustos del mercado más mayoritario dejando fuera al resto, Operación Triunfo, con todo su alcance y recursos, juega un papel muy importante a la hora de transmitir a la sociedad los valores que se asocian a la música y al oficio del músico. El propio título del reality alude al mistificado relato del salto a la fama del artista desconocido, que hemos visto replicado en tantas series y películas. Este relato muestra el mundo de la música como una realidad glamurosa, elitista y exclusiva que encuentra su esencia en los estadios repletos de fans, en las interminables firmas de autógrafos y en los exitosos discos de platino. Sin embargo, cualquiera que haya intentado abrirse paso en el mundo de la música desde abajo, sin recurrir a “fórmulas OT”, sabe que todos estos elementos tienen más que ver con el puro espectáculo, y que en el mundo de la música real, a la que se encomiendan millones de artistas en todo el mundo, las academias son locales de ensayos minúsculos y caros, los conciertos en estadios son bolos en baretos a cambio de unas cervezas y los álbumes, los EP’s y los singles son a menudo grabaciones caseras o maquetas que solo pueden salir a la luz después de meses de ahorro y sacrificio.

¿Cuántas de las miles de personas que se presentan todos los años a los cástines de OT pasarían por todo esto? No digo que no tengan la fuerza, la pasión o las ganas para hacerlo, sino que, en gran medida, una gran fracción del público masivo de programas como Operación Triunfo o Factor X no consigue separar el espectáculo de la música y el producto de la esencia, y que por eso no se dan cuenta de que es en el penoso circuito underground donde la inmensa mayoría de músicos se forjan, conscientes de que ningún concurso, productor o cualquier otra clase de demiurgo más allá de su esfuerzo les va a allanar el camino para convertirse en estrellas. Si esto que comento no fuese cierto, y de verdad en España existiese una cultura musical variada que realmente valorase a los artistas por lo que crean, no habría colas de horas y horas solamente para ver sonreír a Flavio, mientras que una gran variedad de propuestas musicales languidecen, ante una docena de espectadores, en salas y bares pequeños.

Yo he actuado en estas circunstancias bastantes veces desde que comencé a tocar en grupo hace ya casi 6 años, y aunque a todos los músicos nos gusta que nos escuchen, nunca me ha importado tocar en espacios más “íntimos” (bonito eufemismo), pues al fin y al cabo la música se compone y se crea para expresarse, comunicarse y disfrutar. Y con lo que más se disfruta es con la Operación, descafeinada, larga y rutinaria, y no con el Triunfo, que muchas veces no es más que una construcción, obra del márquetin, que en muchas ocasiones se elabora para dotar de valor añadido a un artista-producto que, en realidad, no nos interesaría escuchar si nos topásemos con él y no lo hubiéramos visto antes en la tele. Desde mi limitada experiencia te diría que si quieres dedicarte a la música para triunfar, mejor que te busques otro trabajo, porque no vas a ser ni una estrella ni un buen músico, que es lo importante, al fin y al cabo.

Concierto ofrecido por los participantes de Operación Triunfo 2017 en Pamplona en 2018. (Wikimedia Commons)

Como consumidores culturales somos libres, pero también somos responsables, en mayor o menor medida, de los valores que promovemos y de la escena que construimos cuando compramos un disco u otro o vamos o no a un concierto. Si limitamos nuestra visión del mundo de la música a Operación Triunfo, acabaremos asimilando como sociedad una simulación que es a la música lo que la pornografía al sexo: un producto conseguido pero calculado, frío y predefinido que actúa sobre los mismos tropos una y otra vez. ¿La solución es dejar de ver Operación Triunfo? No. Como con todo, en la variedad está la virtud, y nos perdemos gran parte de la variedad y de las virtudes que muchos músicos nos pueden ofrecer cuando nos embobamos delante del televisor y no avanzamos más allá de la lista de éxitos de Spotify o no compramos una entrada de un pequeño concierto porque nos parece que 4 euros es un precio desorbitado.

El coronavirus ha traído muchas cosas malas, pero en el ámbito musical ha provocado una pequeña democratización al forzar a todos los músicos a confinarse y a ofrecer conciertos con pocos recursos desde sus casas. En estas circunstancias han surgido numerosas iniciativas y festivales caseros promovidos por pequeños artistas que en otras circunstancias no hubieran tenido ni la mitad de difusión. A lo largo de estas semanas he visto en Instagram muchas actuaciones y conciertos, de artistas grandes y pequeños, que se han llevado a cabo porque sí, por el hecho de disfrutar con la música sin que de por medio haya grandes despliegues técnicos, galas, nominaciones, “carpetas” y polémicas. Teniendo esto en cuenta, me va a costar un poco no echar de menos el panorama musical pandémico. En el nuevo escenario, lleno de restricciones de aforo, aún tenemos excusa para no ir a conciertos. Pero cuando las aguas vuelvan a su cauce, los intrépidos músicos se aferraran de nuevo a sus instrumentos para que el espectáculo continúe. ¿Estarás ahí, o te quedarás en tu casa viendo Operación Triunfo?