Una ligera aventura dentro del mundo de las vanguardias y hasta qué punto podemos considerar algo arte.

Una vez, no recuerdo muy bien cómo, descubrí que el bueno de Andy Warhol pintó un cuadro utilizando su propia orina. Probablemente, en aquel instante me debí de sorprender como muchos de vosotros ahora mismo; pero todavía más me sorprendió descubrir que dicha obra se había vendido por nada más y nada menos que la friolera cantidad de 93.000 euros.

Cuando se habla de este tipo de obras que se salen de la norma, se forman dos bandos claramente diferenciados. El primero, frontalmente en contra, ve dichas expresiones estéticas como una desvirtuación del arte en sí mismo, divagaciones sin sentido de un artista que, tomado por las drogas o su alocada vida bohemia, ha frito su cerebro. El otro, no tan conservador, venera a la figura del artista como un genio adelantado a su tiempo, una mente privilegiada que, una vez más, rompe las barreras de lo que consideramos arte, o no (o sí, o depende)… Este segundo grupo consigna como suyo un mantra que defiende sus creencias e ideales: todo lo que sale del artista es, por su mera existencia, arte.

Este extraño primer mandamiento es lo que el artista conceptual italiano Piero Manzoni critica en su obra Mierda de artista (1961): una lata firmada que contiene, como bien dice el nombre, sus excrementos. Con esta pieza, Manzoni criticaba la idea (de una forma bastante gráfica, por cierto) y lo que esta conllevaba, como que las obras de determinados artistas se vendieran a precios desorbitados solo por serlo (sin ir más lejos, esta obra alcanzó los 275.000 euros en una subasta).

Mierda de artista (1961) de Piero Manzoni. Por Jens Cederskjold, WIKICOMMONS.

Alguna vez me he preguntado dónde colocamos la línea entre lo que podemos considerar como arte y lo que, en el fondo, solo es mierda en lata. Cuando la mayoría de nosotros pensamos en arte, se nos viene a la cabeza La Gioconda, Las Meninas o El nacimiento de Venus. No obstante, dudo que nadie piense en un cuadro de Pollock de primeras. Y es que pasarán los años y todavía se tendrá como referente de las vanguardias La noche estrellada de Van Gogh (en serio, está guay, pero existen más cuadros), porque, dentro de lo raro, es lo más normal.

Lógicamente, si crees que el Guernica no debería estar expuesto porque lo podría pintar cualquiera, lo único que te puedo decir es que salgas del museo, cruces la calle y, una vez estés en Atocha, saltes a las vías del tren. Estoy dispuesto a dibujarte el camino en un mapa si lo necesitas. Y, ojo, no es que yo me considere un gran fan de los movimientos vanguardistas. Me parecen genialidades, sí, pero dentro de unos márgenes, como creo que Manzoni quiso recalcar. Tengo la impresión de que, a veces, defendemos obras porque tenemos miedo de parecer incultos a los ojos de los demás. Si criticas con razones y que no se basan en “eso lo podría pintar/grabar/esculpir cualquiera”, dudo que nadie, ni el más entendido sobre el tema, te tache de idiota. Creo que, simplemente, debemos decidir donde colocamos nosotros mismos la frontera de lo que toleramos como arte y lo que no; pero, sobre todo, debemos aprender a defenderlo, y también a aceptar que podemos equivocarnos.

En mi caso, tengo una relación complicada con la vanguardia cinematográfica. El cine por el cine no me llama. He tenido que descubrir por las malas que necesito imperiosamente una historia narrada, aunque sea lo más banal y simple, para tragar una película. Lions Love (and Lies) (1969), de Agnès Varda es, de lejos, la peor experiencia fílmica de mi vida. Es la única película que me ha hecho querer dormirme en el cine mientras la veía. La sentí tan vacía de historia que no logré entender que discurso quería proponerme en ningún momento. La experiencia me marcó tanto que soy incapaz de escuchar hablar de metacine o vanguardias del cine sin que entre dolor de cabeza. Incluso aun habiendo visto películas que sí me han gustado de estos géneros, como La noche americana (1973) de François Truffaut, sigo sintiendo esa clase de repulsión a ese tipo de cine. Hace no mucho, por suerte, hice las paces con Varda gracias a Cleo de 5 a 7 (1962), pero si me tengo que enfrentar de nuevo a Lions Love, prefiero tragarme un maratón de Piecito en el Valle Encantado.

Fragmento de la película Cleo de 5 a 7 (1973), de Agnés Varda. FILMAFFINITY.

No soy de la opinión de que haya que venerar a ningún artista como si simbolizara la segunda venida del mesías. Como Manzoni, creo que un artista es grande porque crea algo de gran calidad; pero no por un toque mágico que hace, automáticamente, que todo lo que cree sea magnífico. Parece natural en nosotros obligarnos a pensar que todo lo que hace un genio es, de facto, una genialidad. Sin embargo, en realidad es mucho más natural aceptar que muchos de los grandes genios han hecho alguna gran cagada (y sí, Varda, estoy hablando contigo).