¿Y si empezamos a leer?

Me gustaría dar gracias a la Academia, pues bien podría tirarme todo este artículo alabando la grandeza del director Bong Joon-ho y su Parásitos (2019). Bien podría hacerlo porque se lo ha ganado. Había elegido el tema de este artículo pocos días antes de la gala de los Óscar y, sobre todo, mucho antes de imaginar que esta obra coreana se pasearía por el Dolby Theatre como Pedro por su casa. Bong Joon-ho ha logrado algo inconcebible hasta hacía unas semanas, rompiendo no una, sino varias reglas que todos concebíamos inmutables. Ser la primera película de habla no inglesa en ganar la estatua a Mejor Película es, en sí mismo, un símbolo para todos aquellos que amamos este medio, pero que no pertenecemos al mundo cinematográfico angloparlante. Parásitos ha roto la barrera del idioma y se ha convertido, de facto, en una versión actualizada del meteorito que acabó con los dinosaurios. O quizá no, pero al menos el precedente animará a miles de jóvenes cineastas de todo el mundo para rodar sus películas. Y eso es fascinante.

En realidad, no voy a hablar de lo simbólica que es esta película, pero sí me centraré en algo que comentó su director mientras recibía el Golden Globe Award a Mejor Película de habla no inglesa.

“Una vez superada la barrera de los subtítulos, descubrirán películas maravillosas”

Bong Joon-ho en los Globos de Oro.

Y es que, para el público angloparlante, parece que el cine de fuera de su esfera no es cine. La revista estadounidense The Hollywood Reporter publicaba días antes de los premios una entrevista anual que realizan a una de las personas implicadas dentro de la Academia. La actriz anónima de este año respondía sin pudor que “no creo que las películas extranjeras deban ser nominadas con las películas normales“. Películas normales, como si el resto del mundo no hiciera cine normal; como si los filmes más allá de las barreras del idioma fueran un invento raro de los… ¿chinos?, ¿franceses?, ¿coreanos?

El estadounidense medio parece incapaz de leer una líneas de texto en la pantalla, pero, por desgracia, no son los únicos. Incluso aquí en España somos exquisitos con el contenido que consumimos. Una película como Parásitos sería repudiada por no ser occidental. Y esto no se queda ahí. Imaginad que le añadimos otra dimensión, como es la del dibujo. ¿Cuántos de nosotros hemos rechazado una película de dibujos solo porque es japonesa o porque la consideramos infantil? No estamos acostumbrados a ver orientales en la pantalla, salvo si están rodeados de la gente que esta actriz consideraría normal. No estamos acostumbrados a creer que una película de dibujos puede transmitir un mensaje más adulto que otra estándar, aunque sea realmente así. Y es que hay que empezar a entender que el cine occidental se muere.

No en un sentido estricto, claro. Pero la narrativa occidental cinematográfica ha sido explorada sin parar durante los últimos 120 años y ya no queda mucho más por exprimir. Podemos repetir una y otra vez las mismas fórmulas y, sí, triunfarán, pero ¿a qué precio? Al final, hasta el niño más pesado termina por aburrirse de su historia favorita, da igual que cambiemos los nombres de nuestros personajes, sus sexos o si los escribimos como humanos/animales/coches… Vivimos en la edad dorada cinematográfica de la repetición. Solo hay que ver como en los últimos años hemos visto “revivir” películas como El rey león (2019), Jumanji (2017, 2019), Maléfica (2014, 2019)… Nada de esto es malo en sí mismo, pero nos deja algo claro: en Hollywood se están quedando sin ideas.

Uno de los pocos grandes del cine que parece haber entendido esto es Tarantino. Es consciente, desde el minuto uno de su obra, que el cine no tiene fronteras. Por eso llena las salas. Por eso sus películas son únicas, tarantinianas. Su trasvase cultural cinematográfico viaja desde la ciudad más americana hasta el pueblo más recóndito de todo Japón. Jamás negaría el potencial de un filme por su procedencia, y mucho menos diría que “no es cine”. Ojalá todos los que aspiran a crear historias siguieran los pasos de Tarantino. Si fuese así, la calidad de nuestra cultura (la humana, la de todos), se multiplicaría por cien, mil o un millón. Si fuese así, veríamos cada año una cantidad apabullante de buen cine. Y sería tan sencillo como atravesar esa dimensión de los subtítulos,; como leer un par de palabras en la pantalla. ¿Para algo nos enseñan en el colegio, no?

No sé si la irrupción de Parásitos en los Oscar cambiará la visión estadounidense del cine. Ni siquiera puedo asegurar que, a partir de 2020, vayamos a encontrar una película de habla no inglesa nominada al galardón a Mejor Película cada año (porque lo merezca, por supuesto). Realmente, me da igual. El óscar es, en el fondo, poco más que un trozo de metal. Lo importante es que aparezcan nuevos cineastas con hambre de descubrir y contar nuevas historias. Ese hambre nos alimentará a todos. Porque, mientras que el cine gane, poco importan los premios; mientras que la narrativa humana gane, ganaremos todos.