A fuertes declaraciones les sigue una intensa respuesta del cuerpo, a grandes palabras un erizado del pelo en los brazos, a un abrazo un encogimiento del pecho. El exterior y nuestro interior más sensible están directamente ligados por un puente de común afluencia donde se cruzan posts de Instagram sobre perretes, un mustang que viste por la calle o el recuerdo de unos ojos llorando. Como no puede ser de otra manera, el ser humano se compara y al mismo tiempo se pone en la piel de otros y siente, sobre todo, lo bueno del que tenga enfrente, en su afán natural de saber y llegar más allá de por qué se ríe una persona. Queremos saber el chiste y compartirlo cuando te pregunten de qué te ríes.

La música es un gran ejemplo de esto, ya que, sin decir nada, transmite algo enorme y te lleva tan lejos como largo sea el solo. ¿Por qué asumimos como melancólico el sonido de la guitarra de Tears in Heaven? Incluso la primera vez que la escuchaste, antes de que empezase a cantar, supiste perfectamente que esa canción indagaría en tus entrañas, que pondría a prueba tu capacidad de aguantar la lagrimita si te pilla en un día malo. Quizás la relación entre sonidos, colores y formas con los sentimientos, habitantes del pecho, fue creada poco a poco según íbamos creciendo. Pero hay un factor extra, algo tan sentido no puede nacer de una convención, y es aquello que nos liga una canción con una persona: la pura nostalgia innata que nos hace acordarnos de aquel momento, con la entrada en escena del primer acorde o el primer brrr bebesita.

Eric Clapton. F. ANTOLÍN HERNÁNDEZ (WIKIMEDIA COMMONS)

Lo mismo pasa con el cine. Si la música ya de por sí nos transporta a cualquier lugar, cuando está va acompañada de tu actor crush paseando por una calle lluviosa, el sentimiento se empodera y nos embriaga hasta conmovernos, y es capaz hasta de ablandar el corazón de Terence Fletcher. Acuérdate de Bambi, o Her, películas que no te dejan indiferente tras verlas, que incluso dificultan el continuar como si nada durante las horas siguientes en las que te debes a otras tareas, durante las que no puedes dejar de pensar: “joder, me ha llegado”.

Terence Fletcher, el profesor más estricto en WHIPLASH- DAMIEN CHAZELLE (2014)

La poesía; placer de pocos, consuelo de muchos. A veces solo enganchas un verso, una rima, una imagen que se creó en tu cabeza tan clara que el poema entero cobró sentido, un sentido propio que egoístamente nos reservamos y que puede que compartamos en Instagram. Podrías leer a Cernuda en un momento dado y no sentir nada, como el que lee el panfleto de un espiritista; sin embargo lo leerás en otro momento, bajo el flexo de noche o ya dentro de la cama y verás un espejo donde esperabas un muro literario imposible de afrontar. He ahí el arte, amigo: la literatura se abre para ti.

La melancolía hecha imagen. James Dean camina bajo la lluvia. DENNIS STOCK (1955)

Sin embargo, esta dimensión de la reflexión no está disponible en cualquier momento del día. Poco poéticos nos sentimos en el estrés de la oficina y poco musicales cuando suena el despertador. Pero si no se abusa de la fuente de placer que puede ser el arte, se convierte en el mayor refugio cuando truena en la sociedad; en la suciedad de la sociedad se abre un claro, paz y después gloria escuchando Stairway to Heaven.