El asociacionismo de las mujeres ha sido y sigue siendo la clave para promover el deporte femenino

Las mujeres han sido discriminadas en todos los ámbitos a lo largo de la historia. En particular, no han podido desarrollarse en el mundo del deporte de forma libre. Hasta principios del siglo XX, no estaba permitido que las mujeres participaran en los Juegos Olímpicos y, cuando pudieron hacerlo, el Comité Olímpico Internacional (COI) solo permitía su participación en determinadas disciplinas. Además, la sociedad también restringía el papel de las mujeres en el mundo del deporte. En la mayoría de los casos, no podían realizar actividades físicas porque estaba mal visto, aunque las mujeres con mayores recursos económicos a menudo podían entrar en ciertas áreas del deporte.

Ante esta discriminación sufrida a lo largo de toda la historia, un grupo de mujeres deportistas organizaron los Juegos Mundiales Femeninos en 1922 y 1926. En vista de que estos eventos aumentaban en popularidad, la COI tuvo que admitir a las atletas femeninas en los Juego Olímpicos. Este hecho es el claro ejemplo de que el asociacionismo femenino es crucial e imprescindible para poder avanzar en el camino hacia la igualdad en el mundo del deporte (y en cualquier campo).

Asociacionismo: sororidad y referentes

Para poder desarrollar esta idea, se debe tener claro el concepto de asociacionismo. Este término se refiere a la agrupación de personas constituidas para realizar una actividad colectiva de forma organizada. Para que esta práctica se lleve a cabo de manera idónea, hay que examinar dos aspectos: la sororidad y la representación o búsqueda de referentes. Estos dos conceptos juntos aportan los aspectos necesarios para conseguir una mayor participación y protagonismo de las mujeres en el deporte.

El asociacionismo femenino está relacionado en gran medida al término sororidad, que hace referencia a la solidaridad entre mujeres ante un contexto de discriminación de género. En esta sociedad basada en el patriarcado, simplemente por el hecho de que una acción o una idea sean realizadas o expuestas por una mujer es considerada en menor medida que si la realiza un hombre. Por este motivo, es muy importante que las mujeres actúen de manera conjunta y se escuchen, confíen y tengan en cuenta el punto de vista del resto de sus compañeras para amplificar el mensaje.

Por otro lado, a la hora de promover y promocionar la práctica de la actividad física entre las mujeres, es necesario que se muestren referentes. Esto se entiende muy claro en el ejemplo citado anteriormente: en el momento en el que se empezó a ver a las participantes de los Juegos Mundiales Femeninos, el número de mujeres involucradas empezó a crecer. Si no tenemos referentes o no se nos muestra un cierto hecho, pensamos que no existe, por lo que no podemos tenerlo en cuenta. Es imposible conocer aquello que no se enseña o que no se fomenta. Estos referentes deben ser femeninos y deben estar unidos para alcanzar sus objetivos de manera más eficaz y duradera.

Hemos hablado todo este tiempo de asociacionismo femenino, pero es conveniente dar algún ejemplo práctico de cómo se puede llevar a cabo este concepto. Por ejemplo, existe la Asociación para Mujeres en el Deporte Profesional con servicio jurídico y formaciones a las que se pueden acceder con becas. Por otro lado, hay proyectos más específicos como la defensa personal para mujeres en las que, aparte de practicar esta actividad a partir de artes marciales, se hacen debates sobre la situación de la mujer en diferentes ámbitos. Esto muestra que el deporte femenino también es una vía para empoderar a la mujer en un ambiente cercano con personas con tus mismas preocupaciones y vivencias.

En definitiva, el asociacionismo femenino nos aporta dos pilares fundamentales para ser capaces de promover el deporte en las mujeres: la sororidad, que nos ayuda a que el mensaje llegue con más fuerza, y los referentes, que dan visibilidad y estimulan a las ciudadanas a romper con la norma establecida.