Todo es más idílico ahí arriba

El pueblo danés, junto con sus compañeros del norte, es para muchos países un referente: la sanidad, la educación, la libertad y, a día de hoy, incluso la gestión del coronavirus. La idealización a veces pasa por desconocimiento, y aunque se trata de un país precioso y de mucho valor, no todo es lo que parece.

Quiero un amigo danés

Quizá las representaciones de los daneses no sean del todo precisas. No por haber sido vikingos son brutos; no por vivir al norte son fríos. Lo cierto es que los daneses son muy amables y siempre están dispuestos a ayudar si te ven en un apuro, aunque les guste cumplir sus normas y rutinas. Y siempre, siempre sonríen cuando cruzas miradas con ellos por la calle, hasta el punto de que te preguntas “¿¿te conozco??”. Dicho esto, es difícil llegar a entablar una relación profunda de amistad con un danés: necesitan su tiempo, quizá más del que esperarías con los españoles.

El país más feliz del mundo

Dinamarca suele encabezar las listas del Informe Mundial de Felicidad de las Naciones Unidas, señalándolo así como el país más feliz del mundo. El informe se basa en seis factores: producto interno bruto per cápita, apoyo social, esperanza de vida saludable, libertad personal, donaciones caritativas y corrupción percibida. De esta forma, podría definirse como satisfacción con el país más que felicidad. Pero con ese término como faceta, Dinamarca abarca también el territorio de Groenlandia, que lidera la lista de la Organización Mundial de la Salud como el país con la mayor tasa de suicidio.

El lenguaje danés, un pozo sin fondo

Todos hemos oído hablar del hygge, ese término imposible de describir que se traduciría de la forma más cercana como un ambiente de familiaridad, comodidad y calidez, sobre todo al estar rodeado de gente querida. Mientras que los daneses son muy amables con aquellos cercanos y familiares a ellos, lo cierto es que su lenguaje tiende al mismo racismo sistémico que se percibe exacerbadamente en Estados Unidos, en este caso dirigido hacia las personas de países del este de Europa que habitan en Dinamarca. Se refieren a ellos como “la gente de las pizzas”, pues muchos regentan restaurantes de pizzerías y kebab, e incluso existe una palabra danesa para “resaca” que se traduce como “turco congelado”.

A la hora de hablar danés, los nativos suelen impacientarse y cambian rápidamente al inglés con cualquiera que no domine el idioma. Esto hace que sea más complicado forzarse a hablar el idioma si estás tratando de aprender. Lo más probable es que crean que te están facilitando las cosas, pero lo cierto es que no tienen mucha paciencia.

Christiania, ese sueño romántico

Muchos sabréis que dentro de Copenhague se encuentra una comunidad hippy que se autodenominó independiente al Gobierno danés en los años 70, hace ya 50 años. Su nombre es Christiania y se trata de un barrio dentro del barrio de Christianshavn, en el centro de la capital. Sus reglas son claras y simples: están prohibidas las drogas duras, la violencia, las armas, robar, la venta de fuegos artificiales y el uso de petardos, así como los vehículos privados y los chalecos antibalas (se puede ver qué normas están dirigidas especialmente a la policía que trata de vigilar el lugar).

Christiania se ha vendido bien frente a la gente: un territorio libre, donde el estado danés no se involucra y los ciudadanos son capaces de gestionarse. Pero la realidad no es tan atractiva. Los niños de las primeras generaciones de Christiania son en su mayoría hijos de adictos, si no lo son ellos mismos: tanto alcohólicos como drogadictos.

Aunque las normas prohíben el consumo de drogas duras, su venta se sigue perpetuando a espaldas de los policías que vigilan el lugar, a pesar de tener prohibida la entrada. Con todo, se trata de un lugar agradable para pasear sin prisa, principalmente por sus vistas privilegiadas sobre el lago de Christianshavn.

Un bonito país

Lo anterior no tacha que Dinamarca sea un país ejemplar en muchos aspectos. Particularmente en la enseñanza, sobresale por encima de sus compañeros europeos por patrocinar una educación no solo gratuita, sino también con numerosos apoyos económicos que permiten al estudiante vivir su experiencia al completo. Sí revela, sin embargo, que no es bueno dejarse llevar por un sentimiento similar al del truncado sueño americano, pues se trata de un país y una sociedad que, como todas, aún tiene cosas que mejorar.