¿Qué tienen en común las luchas contra la expansión de la COVID-19 y contra el cambio climático? En ambos casos estamos ante problemas constantemente achacados a la población, olvidándose, de manera premeditada o no, de que no todo depende de nosotros.

Inevitablemente, la actualidad sobre la pandemia que ha marcado el año 2020 se ha convertido en la principal preocupación para el ciudadano tipo, sea cual sea el punto geográfico del planeta en que este habite. Entre ellos se encuentra quien escribe estas líneas; alguien que se prometió no volver a tocar un tema que, como muestra del desasosiego que provoca entre la población, ocupa la inmensa mayoría del espacio otorgado por los medios de comunicación para informar de lo que pasa en el mundo. Pero la realidad es la que es: el coronavirus ha monopolizado hasta las conversaciones con las personas a las que más queremos.

Sin embargo, también se ha de reseñar que la preocupación ciudadana derivada de tal situación no es exclusivamente sanitaria. Al esfuerzo que cada persona está realizando para preservar su salud y la de quienes le rodean se suman otras “consecuencias COVID” relativas a las medidas que están tomando los diferentes gobiernos para reducir al máximo la expansión del patógeno. Limitaciones a la movilidad, obligación en el uso de la mascarilla, reducciones de aforo, etc.

Algo que se tiende a olvidar cuando se opina acerca de estas cuestiones es que se trata de medidas preventivas, es decir, tienen el fin de intentar frenar el contagio, pero no son infalibles ante un virus al que la ciencia está conociendo progresivamente. ¿A quién no le gustaría que, tras el duro confinamiento vivido en el inicio de la pandemia, el contador de casos y fallecimientos por COVID-19 hubiera disminuido hasta acabar en cero? Pero no. En lugar de ello, nos hemos encontrado con un panorama de “olas” en las que este nuevo enemigo público ha azotado con mayor o menor virulencia; y en paralelo, políticos y medios de comunicación hablaban de relajación en la población como motivo fundamental de estos repuntes de casos.

Una experiencia que no es nueva

Manifestación por el clima celebrada en Madrid en septiembre de 2019. (IVÁN RUIZ)

Existe un cierto fenómeno en la naturaleza humana de culpabilización ajena ante un problema que no se quiere reconocer como propio; dicho de forma más clara, es lo que se conoce como escurrir el bulto. Lo hemos vivido en otra lucha como es la concerniente al cambio climático, un tema en el que la sociedad lo tiene muy claro, pero no así las altas esferas, creyentes de que la mera eliminación de unas pajitas de plástico será la clave para revertir otra pandemia que, lo creamos o no, también mata.

La curiosa situación que se ha dado en el curso 2019-2020, en relación a estas dos cuestiones, pasa por una diferencia radical en la concepción del plástico y los objetos de un solo uso, como las mascarillas higiénicas: con la llegada de la crisis sanitaria, la concienciación ciudadana sobre el clima parece haber pasado a un plano marginal, prácticamente nulo, de modo que las imágenes de mascarillas desechadas por las calles —y los mares, en el peor de los casos— y las herramientas de trabajo recubiertas de plástico están a la orden del día. Unas acciones que agravan un problema de por sí acentuado, pero que no son la causa de todo el fenómeno del cambio climático: esta, de nuevo, la hemos de encontrar en la sobreexplotación de los recursos llevados a cabo por las mencionadas grandes corporaciones y, a posteriori, en el silencio continuado de las administraciones, impasibles a pesar de que las consecuencias son fácilmente apreciables.

En la alerta sanitaria por la COVID-19, así como en la alerta climática, la actitud de la población es condicionante para tratar de que se mejore en cada cuestión, pero una sola persona no va a provocar ningún cambio a gran escala: es necesaria una batuta que coordine y dirija estas estrategias, algo que solo es posible desde una posición de poder. Por tanto, está en manos de esas altas esferas que se reviertan sendos problemas. Y, por supuesto, tanto los aciertos como los errores los tendrán como responsables primeros de sus posteriores consecuencias.

Para ampliar: La otra irresponsabilidad y Una vida más sostenible

Mascarilla higiénica desechable. (PIXNIO)