En los momentos de mayor tedio, Internet es capaz de convertir las pantallas de nuestros dispositivos en espejos hipnotizantes, que en su scrolling infinito no hacen más que reflejar esa apatía, esa muerte escasa que se manifiesta en nosotros cuando nos abandonamos al feed y a los algoritmos. Hace un tiempo leí una teoría que creo que resumía bien la lógica de funcionamiento mental de nuestro cerebro cuando se enfrenta a la abundante frivolidad de la Red: cuanto más tarde es, menos resistencia ejerce nuestro criterio, y es mayor la inverosimilitud de los contenidos que accedemos a consumir en Internet.

Este principio explica que, hace unas semanas, topase con un extraño canal de YouTube en una ardua sesión de procrastinación nocturna: Dead Mall Walking nos presenta a un intrépido videobloguero anónimo que arriesga su vida para adentrarse, explorar y mostrarnos… ¿centros comerciales abandonados? Bien se sabe que en esta vida tiene que haber de todo (y en Internet aún más), pero me sorprendió la extravagancia de esta propuesta que, para más inri, cuenta con unos 500 suscriptores. ¡500 espectadores ávidos de contemplar los paseos de este individuo por galerías comerciales semi iluminadas! ¡500 almas interesadas en los vagabundeos de este tipo por vetustas escaleras mecánicas, desérticos corredores y opacos escaparates, otrora luminosos y cautivadores!

Con todo, no resultaría justo juzgar a estos internautas, pues yo también me vi absorbido por Dead Mall Walking, que en mi mundo interior tuvo sus 15 o 20 minutos de gloriosa fama warholiana. Y aunque al principio asistía a los recorridos del documentalista con una cierta extrañeza, poco a poco comencé a sentir algo extraño observando la ruina de aquellos centros comerciales que rozaban la quiebra: las luces fluorescentes parpadeantes y la ausencia de humanidad en los espacios destinados a su esparcimiento en restaurantes, tiendas, boleras, tiendas, cines y más tiendas conformaban una atmósfera elegíaca y ciertamente evocadora.

Resulta obsceno afirmar lo siguiente, pero lo cierto es que en mi cómoda y privilegiada vida de occidental adinerado, lo más cercano a la devastación económica y al desplome social e ideológico son esos centros comerciales cerrados, esas mecas del consumismo repletas de publicidad, ropa e identidades que todos queremos consumir, esos buques insignia del capitalismo imparable que, una vez ha suplido de sobremanera nuestras necesidades físicas, se ha integrado en el campo de lo simbólico para saciar nuestras necesidades espirituales.

Y es que un centro comercial en quiebra es la evidencia de que la promesa del bienestar hace tiempo que se rompió. Es la prueba de que nuestro modo de vida actual no se corresponde principalmente con un último estadio del progreso humano, sino que se trata ya, con la naturaleza y los recursos jugando en nuestra contra, de una ruina de facto, que quizá se mantenga en pie mientras yo, mis hijos y mis nietos vivamos, pero que se derrumbará tarde o temprano. Quién sabe si para mejor o para peor.

Este miedo al derrumbe lo experimentamos todos hace unos meses, cuando, encerrados en nuestras casas llenas de comodidades, sentíamos nuestras vidas cercenadas. ¡Cuánto eché de menos esas visitas rutinarias a FNAC, en las que quizá solo curioseaba entre los discos de jazz para proyectar una imagen más interesante de mí! ¡Cuánto eché de menos esas visitas rutinarias al centro comercial de mi ciudad en el que, entre el barullo, me sentía arropado, incluso en la más amarga de las soledades, por la masa de parroquianos aficionada a la rebaja y a la bolsa de plástico!

Centro comercial lleno hasta los topes. (El Español)

Frente a la algarabía de la galería pre-COVID, me topé con el silencio, la inquietud y el orden del centro comercial de la desescalada la primera vez que salí a comprar ropa después del confinamiento: los corredores entonces estaban marcados por líneas que limitaban carriles de circulación humana; las tiendas tenían un aforo limitadísimo y los probadores estaban cerrados; los bancos, sofás y demás zonas de descanso estaban clausuradas. En aquellas circunstancias me invadió una cierta tristeza, un sentimiento de añoranza por la vieja normalidad, quizá al reparar inconscientemente en que ese centro comercial no había vuelto a ser, por el momento, un lugar para vivir.

No era ese centro neurálgico en el que los enamorados van al cine, los adolescentes se pavonean y las familias con niños pequeños pasean los domingos por puro aburrimiento. Por primera vez, aquel centro comercial era lo que se supone que debía ser: un conjunto de tiendas destinadas a cubrir una serie de necesidades. Y menuda desgracia es, a estas alturas del siglo XXI, cubrir solo las necesidades físicas. ¡Maldita Pirámide de Maslow! Y es una desgracia aún mayor que tengamos que depender tanto del consumismo y del sueño material para llenar de significado nuestras vidas. Pero qué le vamos a hacer si hasta yo, que he leído con auténtico interés a Bookchin, a Chomsky y a los Ecologistas en Acción, no puedo hacer más que rendirme a esta vida y sentir esa mezcla compleja que aúna la fascinación, el morbo y la pena cuando paseo por el centro comercial El Val, un complejo de mi ciudad en continua caída en picado que encajaría a la perfección en Dead Mall Walking.

Entrada del centro comercial El Val. (RSD ALCALÁ)

Pero, como he dicho antes, nuestro modo de vida actual es apenas una vicisitud en el imparable desarrollo (que no avance) de la historia de la humanidad. Y como todos los modelos, entrará en crisis de manera traumática, pero no necesariamente negativa. Desde la desescalada, he empezado a apreciar, más que nunca, los espacios abiertos: los parques, las plazas y el resto de enclaves urbanos que, por derecho propio, nos pertenecen a la ciudadanía sin necesidad de portar un tique de compra. Con la COVID-19 o sin ella, la vida de centro comercial habría comenzado a perder adeptos tarde o temprano a favor de este modelo idílico que está creciendo muy poco a poco, y que aboga por una convivencia no comercial, por unas relaciones espontáneas no sujetas a horarios ni a compras simbólicas.

De pequeño, al salir con mis padres de un centro comercial cercano, leí una pintada cuidadosamente dispuesta en el aparcamiento, que decía algo así como: “¡Viva el centro comercial! ¡Viva el Mal!”. Y aunque en el momento no entendí la pintada, que en cierto modo me perturbó, ahora comprendo el sentido de aquella reivindicación que, sin embargo, yo remodelaría: “¡Viva lo que ha salido Mal! ¡Vivan los centros comerciales y viva la desviación del capitalismo, que nació para servirnos y al que hemos terminado por servir nosotros!”.

Fotograma de Rise of the Dead (1978) de George A. Romero.

Por encima de panfletillos como este y de otras mil reivindicaciones anti-capitalistas-globalistas-materialistas-comoquierasllamarlas, siempre me parecerá mucho más acertada y profunda la película Dawn of the Dead (1979) de George A. Romero, que pese a ser un clásico del cine de zombis, posee una lectura que deja a los muertos vivientes en un segundo plano: unos supervivientes a un apocalipsis zombi se refugian en un gran centro comercial, donde tienen a su disposición todos los bienes materiales que siempre habían ambicionado. El deseo material y la avaricia, en un mundo en el que la propiedad no vale nada, terminan por cegar a uno de los protagonistas y por arrastrarle hasta la muerte, hasta la dolorosa mordedura de un repugnante caminante.

La película cuenta con una maravillosa banda sonora a cargo de mis queridos Dario Argento y Goblin. Pero, con su permiso, yo incluiría como banda sonora apócrifa una canción de los provocadores Lendakaris Muertos, cuya letra encaja a la perfección con el mensaje sobre el consumismo que la película, acompañada de estas líneas, quiere lanzar:

¡Izquierda! ¡Tú no eres de izquierda!

¡Derecha! ¡Tampoco de derechas!

¡De centro! ¡Tú eres de centro comercial!

¡Anormal!