Repaso de la vida, mitos e injustos retratos de uno de los emperadores más famosos del Imperio Romano

Siempre me ha apasionado el mundo romano, la cultura y el arte de esta época. Creo que, como a casi todo artista, este legado artístico y cultural nos ha envuelto e inspirado en gran medida. Pues, pese a los siglos recorridos, ningún pueblo ha hecho tanto favor a nuestro desarrollo, mentalidad e identidad como lo ha hecho el Imperio Romano.

Debido a esta fascinación, conocí a la escritora e historiadora Margaret George, autora de mi libro favorito: Memorias de Cleopatra (1997). Esta asombrosa escritora tiene una cualidad distintiva que resalta por encima de otros compañeros historiadores: sus novelas, cargadas de minuciosas narraciones, psicología de los personajes, empatía y perspectiva histórica, ofrecen retratos bien documentados de distintos personajes de la historia. A mis manos llegó el ya anteriormente mencionado libro que consigue hacer justicia a la mismísima Cleopatra, una reina víctima ―como tantas otras mujeres de la historia― de una narración de su vida completamente simplista y machista. De esta forma, Margaret George rescata a los personajes más injustamente maltratados y difamados por historiadores poco objetivos y sinceros y nos ofrece unas narraciones exquisitas, cargadas de detalles e información bien contrastada.

Libro de Memorias de Cleopatra de Margaret George.

Trazando a Nerón

Mi segundo capricho de esta autora da paso al motivo de este artículo: el emperador Nerón. Margaret George le dedica dos libros extensos que merecen mucho la pena, separados por el gran incendio de Roma. El primero es una pincelada cercana y empática con el joven Nerón, un niño siempre expuesto al peligro debido a su familia, con una madre nada maternal y afectiva y un sinfín de imposiciones, asesinatos y traumas.

Este libro, Las confesiones del joven Nerón (2017), nos ayuda a comprender al emperador desde una perspectiva psicológica dentro de una misión impuesta por su madre, Agripina la menor. Es esta madre quien reencarna el verdadero eje malévolo de la historia, y no porque fuese una mujer que quisiese escalar dentro de un mundo de hombres ―postura totalmente respetable y que comparte con otras mujeres como la emperatriz Julia, que podemos conocer gracias al escritor Santiago Posteguillo―, sino porque era una fría asesina, manipuladora y maltratadora de su único hijo, Nerón.

Agripina era hermana del emperador Calígula, hecho que quizá la había hecho espabilada e insensible para conseguir sus objetivos. Ambos hermanos pertenecían a la Dinastía Julio-Claudia, así como los emperadores Augusto, Tiberio, Claudio y nuestro Nerón. Esta dinastía daba paso a los primeros años del conocido Imperio Romano, abandonando por completo la República romana. Era una dinastía compleja, llena de conspiraciones, locos, asesinos y violencia intrafamiliar.

Pese a la muy bien trabajada maniobra de Agripina ―que consigue casarse con el emperador Claudio para luego asesinarle a él y a sus posibles descendientes para colocar a su hijo como único heredero―, sus planes se hunden en cuanto Nerón consigue despertar de este maltrato y manipulación. Por lo tanto, sí, es indiscutible que Nerón asesinó a su madre Agripina. Pero no lo hizo sin escrúpulos y con la mente fría como han querido resaltar muchas fuentes. Lo hizo para sobrevivir.

Otros personajes famosos que giran en torno a la vida de Nerón durante su juventud y que llegan a ser partícipes de este abuso de control sobre el joven han perpetuado su inocencia hasta nuestros días. El filósofo Séneca, su instructor durante muchos años, acaba suicidándose tras conspirar contra Nerón. Uno de mis cuadros favoritos del Museo del Prado representa este evento. Séneca y otros supuestos amigos no son tan santos ni tan ingeniosos, pues, en el fondo, el hecho de que Nerón fuese libre y desarrollase sus pasiones artísticas, se rodease de libertos y cogiese las riendas de su vida les irritaba hasta tal punto que planearon matarlo.

Suicidio de Séneca de Manuel Domínguez Sánchez. (Museo del Prado)

Con estas premisas, dibujamos a un Nerón con una herida interna, un puesto siempre peligroso e inestable, con muy pocos amigos y una familia desestructurada y maltratadora. Es, pues, un joven que solo quiere ser libre y refugiarse en el arte. ¿Cómo no podemos empatizar con él? En el fondo, comparte muchos elementos que, por desgracia, siguen dándose en muchos jóvenes de hoy en día.

Los mitos de Nerón

La mayoría de los mitos que perpetuán hoy por hoy sobre Nerón giran en torno al año 64 d.C., justo cuando se produjo el gran incendio de Roma. Hay varias leyendas y acusaciones que presentan a este emperador como un loco o un tirano, justo como sus enemigos pretendían. Por una parte, está el mito de que el mismo Nerón provocó el incendio para inspirarse y tocar la lira mientras recitaba su poema sobre Troya. Por otra, se considera que este evento marca el inicio de la persecución de los cristianos.

Nerón era un artista; de hecho, se podría sospechar que era uno muy bueno, pero no era el loco que observaba Roma arder. Roma estaba acostumbrada a accidentes incendiarios. Era una ciudad con cantidad de viviendas de madera ―en concreto, las de la plebe―, que en más de una ocasión ardían con facilidad. Sin embargo, Nerón no se encuentra en Roma cuando se inicia el incendio. Lo que sí que hace es ir a socorrerla. Desde el principio, se implica con su pueblo y coopera a todos los niveles, incluido el físico y económico, para la extinción de las llamas y la rehabilitación de los afectados.

Sí que es cierto que el incendio resultó ser una oportunidad para reconstruir Roma e invirtió bastante dinero y nuevas ideas para ampliar y modificar edificios y espacios, aunque no solo privados. Sin embargo, asegurar que fue una maniobra para deleitarse con caprichos arquitectónicos es cuanto menos pretencioso.

Nerón tocando la lira en la película Quo vadis? (El Mundo)

De este accidente surge el segundo mito: la persecución de los cristianos. Hasta el día de hoy, se sigue escuchando hablar de Nerón como el mismísimo anticristo. La versión extendida asegura que Nerón echó la culpa a los cristianos del incendio para librarse de la crítica. Sin embargo, esta versión resulta demasiado simplista y concentra todo el odio hacia los cristianos en un único personaje. Alguien a quien maldecir por siempre.

Margaret George logra ofrecernos un enfoque muy interesante sobre el contraste de las dos culturas: la cristiana y la romana. Pese a lo que muchos piensan, nuestra moral actual discierne mucho de ambas. Los cristianos eran considerados criminales, antisociales y sectarios. Los judíos ya les perseguían y tenían que ocultarse y celebrar sus ritos de forma clandestina. Además, un aspecto que les honra era su gran fe y su entrega. Ninguno se echaba para atrás para perder la vida por Cristo, por su fe y sus ideales, cosa que descolocaba a los romanos ―y al Nerón de Margaret―, quienes valoraban tanto su vida como su ego.

Sin embargo, no se les condenó por el hecho de ser cristianos, sino por incendiarios. Lo cierto es que en el auge del incendio hubo personas misteriosas que acrecentaron este. Nadie sabe si eran enviados de Nerón o cristianos. Ambas acusaciones me parecen tristemente prejuiciosas, pues el emperador desmiente esto con sus acciones y los cristianos fueron tachados por su espera del apócrifo “fin del mundo”. El castigo recayó sobre estos últimos y se les condenó a la crucifixión y a la quema.

Otras construcciones que acusan a Nerón de anticristo son, por ejemplo, la sospecha de que era la Bestia del Libro de las Revelaciones, pues todas las letras de su nombre en hebreo sumaban 666. Se ha comprobado históricamente que, durante su mandato, se dio la mayor persecución en la iglesia naciente con muchos mártires. Obviamente, esto se le atribuye a él por ser cabeza del Imperio Romano en ese momento, pero, más allá de eso, el mensaje que quiere transmitir el apocalipsis es que nos encontramos en la tensión de dos mundos: el romano y el cristiano. El apocalipsis quiere transmitir esperanza para los destinatarios, animándoles a seguir siendo valientes.

Nerón llegó a conocer a San Pablo y se interesó por las cartas que escribía. San Pablo, quien debemos recordar había sido Saulo, un perseguidor de cristianos antes de convertirse, hablaba con seguridad y tranquilidad con Nerón sobre su fe. Creo que los primeros cristianos tenían, por lo general, a todo el mundo en su contra. Pero también creo de forma personal que debemos fijarnos y recoger más de su espiritualidad, misterio y entrega que buscar culpables que nos acomoden en un estado de victimización constante y poco desarrollo espiritual.

San Pablo, sorprendido por Nerón en el momento de convertir a Popea Sabina por Lozano Sirgo Isidoro Santos. (Museo del Prado)

Todos estos puntos clave que he abordado nos los detalla Margaret George en su segundo libro sobre Nerón: Nerón, el esplendor y la derrota (2019). Lectura que aconsejo enormemente si se quiere indagar en otros detalles y eventos del pasado emperador de Roma.

Conclusiones

Creo que hay algo muy importante que debo compartir con el lector de todo esto. Y es que nunca nos conformemos con una suposición, un rumor o un prejuicio. No sé cuál es la verdad plena sobre el emperador Nerón, pero lo que sí que tengo claro es que no era un villano a secas. Se me viene a la memoria una frase de la novela de Patrick Ness, Un monstruo viene a verme (2011): “No siempre hay un bueno ni un malo. Casi todo el mundo está en algún punto intermedio”.

Y esta frase es perfecta para subrayar el hecho de que Nerón, antes que emperador, era una persona. Y como persona contenía heridas de infancia, miedos y aspiraciones. Crecer en un ambiente tan peligroso y tóxico, seguramente le hizo valerse de ciertas herramientas para sobrevivir, aunque algunas supusiesen el asesinato de su gente más cercana. Nerón era, ante todo, un artista y uno bueno. Se refugió en el arte y se acercó a las clases más bajas, dejando recelosa así a la aristocracia que tanto daño le provocó. Construyó una nueva Roma y honró el origen de la cultura, a Grecia y a las artes.

La historia de Nerón fue escrita tras su muerte principalmente por tres historiadores que le odiaban: Tácito, Suetonio y Dión Casio. Los tres coinciden en despreciarlo con palabras como tirano, loco o artistilla. ¿Tiene entonces lo que nos ha llegado algo objetivo? Le pido al lector que se imagine por un segundo a sus propios enemigos contando su vida, sin posibilidad de contraste y desmitificación. ¿No seríamos entonces todos los más malos, tontos y ridículos del mundo?

Por estas cuestiones, creo plenamente que debemos leer la historia con ojos muy críticos y contrastar la información. Ya no por evitar extender mitos falsos y repetitivos, sino por evitar construir nuestro conocimiento sobre mentiras y cuchicheos. Es por ello por lo que promuevo la búsqueda incesante de la verdad. O, al menos, de la valoración y consciencia de los grises. Suponer que todo siempre es blanco o negro solo nos hace caer en nuestra propia ignorancia y repetir conductas de rencor, odio gratuito y simplicidad.

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