En la música, como en cualquier otro arte, se puede llegar a sentir frustración por pensar que está todo inventado a la hora de crear una nueva obra, aunque finalmente acabe surgiendo la originalidad necesaria para dar forma a un trabajo total o parcialmente propio.

Contradiciendo al dicho popular que asegura que segundas partes nunca fueron buenas, a lo largo de la historia de la música encontramos multitud de ejemplos de canciones con gran acogida entre el público que, en realidad, no son creación propia del artista o grupo intérprete. De hecho, muchas de ellas han tenido incluso mayor éxito que la composición original, que puede llegar a ser una absoluta desconocida a menos que uno presuma de melomanía o frecuente las radio fórmulas de todos los tiempos, cuyos locutores suelen incidir de manera habitual en estas curiosidades cuasienciclopédicas.

Lo cierto es que, en el imaginario colectivo, el universo de las versiones musicales queda relegado a un segundo plano, concebido como parte de la música underground, o bien se cree que es algo propio de otras épocas. Esa persona melómana, curtida en la cultura y preguntada por algún gran éxito que sea en realidad una versión de otro tema anterior, hablaría con casi toda seguridad de clásicos como Always On My Mind, original de Elvis Presley y más recordada en la voz de Pet Shop Boys, o, rizando aún más el rizo, Knockin’ On Heaven’s Door, asociada comúnmente al grupo Guns N’ Roses pero lanzada primeramente por Bob Dylan y después versionada por muchos otros grupos y artistas, entre los que podemos enumerar a Eric Clapton, U2 o Avril Lavigne.

Pero no nos engañemos. Que una determinada versión de una canción no prospere en listas no es sinónimo de que el fenómeno haya desaparecido. Basta con teclear el nombre de ese tema en Spotify —o cualquiera de sus homólogos, como Deezer o Apple Music— y comprobar cómo la cantidad de reediciones de una misma composición llega a ser inmensurable. Algunas de ellas corresponden a las llamadas covers, un refugio habitual de aquellas personas para las que la música se convierte en una auténtica forma de vida; con absoluto protagonismo de su voz y la sola compañía —si acaso— de un piano o guitarra, el autor de esa versión acústica le confiere su visión más íntima y cargada de sentimiento.

Gracias a las redes sociales y plataformas de música, aquellos apasionados por este mundo han encontrado un trampolín para darse a conocer y, en algunos casos, llamar la atención de las grandes discográficas, dispuestas a lanzar su carrera a nivel nacional e incluso internacional. Hace algo más de una década, un joven malagueño que se hacía llamar Pablo Alborán subía sus trabajos a YouTube y, no mucho después, un canadiense de nombre Shawn Mendes hacía lo propio a través de la ya desaparecida Vine.

Pero como esto va de versiones, hemos de centrarnos en el caso de una chica londinense llamada Jasmine Thompson. Con apenas 13 años, comenzó a compartir sus propias covers de éxitos de aquel momento y de décadas anteriores. Una de ellas, versión del clásico Ain’t Nobody de Chaka Khan, llamó la atención del productor alemán Felix Jaehn y le dio un toque de ritmo y electrónica que acabó por convertirla en uno de los pelotazos del año 2015 a nivel mundial.

Y sí, también hay versiones exitosas al margen de las acústicas. Versiones que, en nuestro tiempo, no podían popularizarse por otro cauce que no fuera nuestro queridísimo TikTok. Ya hemos hablado de diferentes artistas y canciones que han llegado a nuestras vidas gracias a esta red social, muchas de ellas de décadas como los 80, pero también encontramos versiones recientes de clásicos que todos conocemos y que, curiosamente, ¡también son versiones!

Solo en 2020 aparecieron dos temas que cumplen este punto. Por un lado, Ily (I Love You Baby) —Surf Mesa y Emilee— repite constantemente el estribillo del clásico disco ochentero Can’t Take My Eyes Off You de Boys Town Gang y versiona a su vez a Frankie Valli. Por el otro está Dancing In The Moonlight —Jübel y Neimy— con una revisión de una canción de los 70 que Toploader versionó al inicio del presente milenio. Esta última, para cerrar el círculo, llegó a España gracias a un anuncio de televisión.

Para ampliar: Bandas sonoras de pequeña pantalla

Con el copyright hemos topado

Uno de los eternos dilemas a la hora de trabajar con material de autoría ajena, no solo en el ámbito musical, radica en la posibilidad de violar los derechos de propiedad intelectual de la obra original. Naturalmente, la solución es tan sencilla como solicitar los correspondientes permisos al autor o entidad responsable de los mismos —como pueda ser la SGAE o la compañía que ha publicado dicha obra: discográfica, productora, editorial, etc.—, pero no siempre se está dispuesto a seguir tan tedioso proceso. Para el quinceañero que desea subir acústicos de sus canciones favoritas a Internet por puro hobby, esta burocracia sería por sí sola motivo suficiente para alejarlo de su sueño, dado que la respuesta afirmativa ni siquiera está asegurada.

Por ello, a día de hoy se permite la libre realización de covers sin que exista ningún riesgo legal, dado que ni siquiera hay intereses lucrativos detrás. Eso sí, en la Unión Europea esto podría dar al traste con la entrada en vigor del polémico Artículo 13, pues, aunque no prohíbe expresamente su subida a la red, pone en manos de cada plataforma evitar posibles infracciones bajo la amenaza de fuertes sanciones, lo cual obligaría a servicios como YouTube a endurecer sus algoritmos y bloquear automáticamente todo contenido susceptible de ser reclamado por derechos de autor.

En cualquier caso, la astucia al copiar el trabajo ajeno sin permiso —y las posteriores denuncias por plagio— nunca ha dejado de darse. Al margen de acusaciones surrealistas que solo conllevan atención mediática y hasta indemnizaciones por daños y perjuicios, no es raro encontrar intentos de samplear el instrumental o un fragmento exacto de otra canción de manera totalmente unilateral.

Cuando esto sucede, se produce un juicio en el que el acusado es condenado a incluir el nombre del artista al que ha plagiado en los créditos de la nueva composición, lo cual acaba traduciéndose en el pago de ingentes cantidades de dinero en concepto de beneficios por ventas del sencillo, según la importancia de la parte plagiada en la canción. Uno de los ejemplos más reconocibles es el del gran éxito de Gotye y Kimbra, Somebody That I Used To Know (2012), cuyo icónico riff de guitarra pertenece al inicio del tema Seville de Luiz Bonfá (1967) y el plagio no fue reconocido por su autor hasta ser detectado.

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