Este mes la Vitrina literaria de Discordia cumple un año y queremos celebrarlo con una edición especial y diferente a las demás. Aunque los autores de esta sección siempre han sido colaboradores externos, las tres obras literarias de marzo de 2021 pertenecen, por primera vez, a redactores fijos de la revista. De esta forma, Ángel Gómez-Lobo muestra su faceta más creativa en un relato fantástico que rompe las reglas entre la vida y la muerte, Sofía Kofoed presenta un poema de superación y Diego Simón comparte un relato romántico y autobiográfico. ¡No te los pierdas!


Mi sexta vida – Ángel Gómez-Lobo

Me dejaron escoger una vida a mi antojo cuando fallecí por quinta vez. Supongo que ese fue mi premio después de encadenar cuatro vidas virtuosas y heroicas. Fui reina en Babilonia y pacifiqué ciudades, al mismo tiempo que di a mis súbditos vidas prósperas y felices. Fui perro lazarillo, y serví con devoción a un ciego desalmado que terminó por matarme de hambre. Fui también una reputada científica, y descubrí la cura de una peste que estaba asolando todo el cuerno de África. Después, fui actor y filántropo, e invertí buena parte de mi fortuna en ayudar a los desfavorecidos. Por desgracia, esa cómoda vida de mansiones, estrenos y alfombras rojas terminó cuando me atraganté con un canapé que me sirvieron en una fatídica gala benéfica.

Entonces, el universo me dejó escoger mi sexta vida: y pude haber sido un corcel semental, o una margarita más oculta en el mar de verdor de un prado soleado. Estuve a punto de decidirme a ser un surfista despreocupado, y también me tentó la idea de ser una onda sobre la superficie de una charca: viviría en una meditación constante, acariciada por los rayos del sol que se filtrasen a través de las aguas cristalinas. Solo me despertarían las piedras que arrojasen los chiquillos que, desde la orilla, se peleasen por encontrar los guijarros más aerodinámicos.

Sin embargo, estaba cansado del virtuosismo, y decidí convertirme en una maldición. Hice que un cirujano matase a su paciente en el momento más delicado de la intervención. Provoqué un volantazo inesperado en una autovía abarrotada en una noche de lluvia, que llevó a la tumba a los desgraciados ocupantes de tres vehículos diferentes. Acabé prematuramente con la carrera de una equilibrista de reconocido prestigio, que antes de precipitarse desde la cuerda floja jamás se había planteado que necesitaría una red para salvar su vida. Ayudé a extender innumerables enfermedades a través del aire y, para quien no fui verdugo, me convertí en una molestia constante. Me convertí en el enemigo oculto de la humanidad, en un tormento sutil en el que nadie reparó jamás: en mi sexta vida, fui estornudo.

Puedes seguir a Ángel Gómez-Lobo en su cuenta personal de Instagram @angelrocks99 y de Twitter @Angel_Rocks99. También puedes leer todos sus artículos publicados en Discordia hasta ahora.


Capas – Sofía Kofoed

Visto una camiseta que huele
como el jabón del hospital
donde pasé meses encerrada,
aunque ella nunca estuvo ahí.

Tengo un cabello que crece
sin que yo se lo consienta,
y una piel cosida
cinco y veinte veces.

Me escuecen los ojos
y por primera vez
no recuerdo cuándo fue
la última vez que lloré.

Quema el polvo de las sábanas
en mi piel; mis pies han perdido
ya más de siete capas.

He dejado todo eso atrás.

Ahora solo los mordiscos
me recuerdan a esa época.

Ilustración de Ansigt
Ilustración de Ansigt

Puedes seguir a Sofía Kofoed en su cuenta profesional de Instagram @sofia.kofoed y en su perfil artístico @ansigt.art. También puedes leer todos sus artículos publicados en Discordia hasta ahora.


La cita – Diego Simón

Aquella mañana de abril, el olor a pueblo abandonado desapareció. La bicicleta tirada en una de las cuatro calles parecía que brillaba con más intensidad que nunca a la luz de unos rayos de sol tímidos. El viento movía una de sus ruedas y el frío se esparcía por toda la calle cuando Pablo salió de casa sin despedirse y rescató su viejo regalo de cumpleaños del suelo. El joven se sentó en un sillín a la altura del niño que había dejado de ser, pero no tenía tiempo para ajustar cuentas con su pasado. No quería llegar tarde a su primera cita.

La carretera seguía igual. Nadie había tapado los baches que tantas veces le vieron caer, y la hierba cubría buena parte del asfalto. La corta melena de Pablo estaba salvaje, libre de un casco que nunca supo mantenerle a salvo. Con cada vuelta de los pedales, su sonrisa perdía la vergüenza para dejarse llevar por un viento que, aun dándole de cara, era imposible que frenara los impulsos de sus piernas. Ahora nadie podría impedirle el paso, aunque, si hubieran conocido la naturaleza de su alegría, igual se hubiera encontrado con un par de piedras por su camino. Pero no quería pensar en ello, no ahora.

Veinte minutos de viaje fueron suficientes para llegar al punto de encuentro: una vieja piscina natural abandonada donde lo único que permanecía vivo era la corriente del arroyo más próximo. Pablo estaba enamorado de aquel lugar que dividía dos pequeños pueblos perdidos en el sur de España por una sencilla razón: podía estar solo. Nadie sabría de su estancia allí a menos que él quisiera. Tenía el control por primera vez en mucho tiempo.

Quedaba un minuto para las diez en punto. Pablo dejó su bicicleta tal y como se la había encontrado poco tiempo atrás: a la espera de que volviera y la salvara, esta vez, del barro que ya había manchado su manillar como prueba de lo que estaba a punto de ocurrir. Utilizó una mesa de piedra como asiento y perdió su mirada entre los árboles que desvelaban el camino de un riachuelo que, para su sorpresa, había echado de menos.

Y llegó la hora. Aunque era imposible apreciar las campanadas del reloj de la plaza desde allí, Pablo las escuchaba en su cabeza. Elevó la vista al cielo y buscó una sombra que, de momento, solo podría descubrir en sus pensamientos. Y por fin metió la mano en el bolsillo para encontrarse con un amante que esperaba impaciente desde el otro lado y cuyo corazón se agitaba aún más con cada pitido. El reloj del pueblo dio la décima campanada cuando Pablo, con las mejillas rojas y los ojos enmudecidos, descolgó el teléfono:

—Te he estado esperando, Joan.

Fotografía de Sebastian Voortman
Fotografía de Sebastian Voortman

Puedes seguir a Diego Simón en su cuenta personal de Instagram @diegosimon_ y de Twitter @diegosimon_. Además, puedes leer cinco poemas suyos en la colección benéfica de poesía Caricias para el alma publicada por Postdata Ediciones. También puedes leer todos sus artículos de Discordia.


Y hasta aquí la Vitrina literaria del mes de marzo de 2021. Esperamos que te haya gustado y te animes a echar un vistazo al resto de ediciones en nuestra web si todavía no lo has hecho. Recuerda que si quieres participar y enviar tus relatos breves o poemas, solo tienes que rellenar el formulario en Colabora o enviar un correo a discordiamagazine@gmail.com.

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