Amig@s, chicxs, todes… ¿Cuántas veces hemos leído construcciones como estas, especialmente en las redes sociales e internet, y nos ha asaltado la duda sobre su adecuación en el habla cotidiana?

Con la mirada puesta en el 8M, jornada en la que miles de mujeres de todo el mundo saldrán de nuevo a la calle en defensa de sus derechos, son muchas las formas de discriminación de género que dejan en desventaja a las personas de sexo femenino frente a sus homólogos masculinos. Oiremos —y oímos— hablar, por tanto, de conceptos como la brecha salarial, los techos de cristal, el acoso callejero o la violencia machista, sufridos por ellas de forma constante a lo largo de su vida, sea cual sea el punto del globo terráqueo del que provienen. Pero existen otros aspectos algo más sutiles que se han tomado como discriminatorios en pro del varón, especialmente a lo largo de los últimos años; uno de los más polémicos, sin duda, es el que concierne a la lengua española y el uso del llamado masculino genérico para referirse a los conjuntos de personas de forma independiente a su género.

De acuerdo con la Nueva gramática de la lengua española (2009), promovida por la Real Academia Española, el género de un sustantivo solo puede poseer una forma femenina o masculina, y se nombrará con esta última a los colectivos que tengan presencia de ambos géneros. Los académicos defienden que no se trata de un hecho casual ni azaroso, sino que está fundamentado en la propia evolución de una lengua románica como el español. Sin embargo, la publicación sobre gramática de la RAE ofrece razones más fáciles de entender en apoyo al uso del masculino como género no marcado: desde una “economización del lenguaje”, en referencia a la utilización de ambos géneros para hablar de cada colectivo —”los trabajadores y trabajadoras”—, hasta una “concordancia gramatical” que se perdería en busca de una forma no masculina ni femenina.

Constitución Española (1978) (WIKIMEDIA COMMONS)

La cuestión sobre el llamado lenguaje inclusivo y su relación con la igualdad de género ha protagonizado varios debates en el ámbito político, especialmente tras la designación del actual ejecutivo liderado por Pedro Sánchez. Uno de los más sonados hace alusión al Consejo de Ministros, organismo nombrado por algunos de sus integrantes como “Consejo de Ministras” por la mayor presencia de mujeres que de hombres en su composición. En 2018, inmediatamente después de que Sánchez relevase en el cargo a Mariano Rajoy, el Gobierno solicitó a la RAE una modificación de la Constitución Española con el fin de que se reformulase mediante la utilización de un lenguaje más igualitario. La respuesta de la organización académica llegó año y medio después, rechazándola por unanimidad al considerar que su actual redacción, que hace uso del masculino genérico gramaticalmente correcto, ya es lo suficientemente inclusiva.

Ante la constante negativa de la Real Academia a ceder en ese tan demandado cambio en el habla hispana, ¿qué mueve, por tanto, a los defensores del lenguaje inclusivo a continuar su lucha? La respuesta se encuentra en la mutabilidad de la lengua, considerada un ente vivo que se adapta a la realidad histórica y social de cada época, y cuyos cambios obedecen al uso mayoritario de formas no recogidas previamente en la gramática oficial de cada idioma. La Fundéu, organización promovida por la agencia de noticias EFE y la entidad bancaria BBVA con el fin de velar por el buen uso del español, reconoce que una extensión en el uso de nuevas formas lingüísticas como un genérico femenino —que alude a un colectivo con amplia mayoría de mujeres, como el ejemplo mencionado del “Consejo de Ministras”— podría dar pie a la modificación de la Gramática española, pero para ello se debe dar una generalización de la que aún no se goza. Es por esto que encontramos multitud de opciones para neutralizar la marca de género en sustantivos y pronombres, como su sustitución por una X —todxs— o por una E —alumnes—.

Género no binario, una asignatura pendiente

Precisamente estos últimos recursos son los que, hoy por hoy, se utilizan para designar a las personas de género no binario, es decir, aquellas que no se definen ni como mujer, ni como hombre. Se trata de un aspecto de incorporación relativamente reciente al debate sobre género, por lo que aún no se ha encontrado un consenso social de cara a ser nombradas de una determinada forma; de hecho, la propia RAE reconoció, tras la consulta de un usuario a través de Twitter en septiembre de 2019, que la forma de género referida a seres animados “se basa en un esquema binario, sustentado en las categorías biológicas de sexo masculino y femenino”, no existiendo actualmente ninguna manera oficial de designar a una persona no binaria. Por tanto, es deber de la sociedad —y, a posteriori, de los académicos— generalizar un uso del lenguaje apropiado a esta realidad social; así sucede en otros idiomas como el inglés, en el que aquellas personas que escapan de la normativa binaria de hombre y mujer utilizan, principalmente, el pronombre they —”ello”— para referirse a sí mismas.

Silueta humana sosteniendo un libro, representada sobre la bandera del colectivo de género no binario. (WIKIMEDIA COMMONS)