Terminad ya con esta absurda discusión, porque ninguno tenéis razón

Desde hace años las redes se han llenado de una serie de debates, a cada cual más irrelevante e irrespetuoso; todos ellos enmascarados sobre una falsa identidad de sátira, pero que en el fondo presentan algo tenebroso en los días que vivimos. Y es que, como si de sectas religiosas se tratase, miles de adeptos han empezado a formar bandos bajo un conejo ascendido a falso profeta, o las miles de reliquias que se nos ofrecen para agasajar el ferviente materialismo de nuestra sociedad consumista y neo-capitalista, ya fuera con altavoces, patines o ratones de ordenador.

Colacaoistas y nesquikianos creen ser los dueños de la razón absoluta, pero para mí todos ellos son lo mismo: fascistas del desayuno. ¿De verdad alguien es capaz de defender a ultranza algo tan banal, e inequívocamente antinatural como es atacar a lo más sagrado que tenemos? La primera comida del día; nuestro sustento primario al nacer, todo eso manchado con algo tan vil como el cacao en polvo. ¿Acaso los vikingos manchaban su bebida? Gengis-Khan dominó Asia con un ejército que montaba única y exclusivamente sobre yeguas post-gestantes para que a sus soldados nunca les faltase lo más básico en la vida de todo hombre: leche y, por supuesto, dignidad. Pero no, a nosotros nos preocupa si echarle una u otra marca de cacao en polvo.

Cualquiera de los dos bandos no dudaría en defender el completo genocidio de la parte contraria, contando como espada argumentativa la falta completa del sentido del gusto. Y, sin embargo, ambos errarían en su ambición de dominación. Cometerían el mayor crimen que cualquier humano puede cometer, a saber: atacar a la propia naturaleza de las cosas. El hombre no tiene el poder para doblegar a su voluntad la realidad. Lo natural es que la leche se sirva sola y, si no eres un ser despreciable, fría. Y no, el café tampoco vale, salvo que desees abandonar todo ápice de la codiciada juventud que posees y convertirte, de facto, en carne de geriátrico.

Un vaso de deliciosa leche (SIALALECHE.ORG)

Como seres de una sola especie, debemos dejar de lado por una vez las diferencias entre razas, sexos y gustos y centrarnos por primera vez en acabar con el mayor enemigo al que nos hemos enfrentado antes. Debemos dar fin a una amenaza que nos ataca directamente a nosotros y al mundo en el que vivimos, que nos priva de nuestra libertad de poder elegir más allá de ese cuasi-satánico ritual al que nos han empujado estas marcas.

Esta oda a la leche sola no es sino una clara reacción a los pérfidos movimientos del capitalismo que asolan cada día nuestra vida. Poco a poco nos consume. Crea una necesidad de algo que no necesitábamos, y nos hace incapaces de recordar los momentos en que lo único realmente importante era el calcio que fortalecía nuestros huesos; o el gracioso bigote blanco del que nos reíamos con nuestros abuelos, porque era igual que el suyo. Yo me niego, de forma ferviente y consecuente, a seguir los edictos de semejantes sectas. Llamadme ateo de la leche, si queréis. Apedreadme, como lo hacéis entre vosotros, atacando o defendiendo algo tan irrelevante como los putos grumos. Pero el übermensch de Nietzsche beberá leche recién ordeñada, no vuestra mierda chocolateada.

El übermensch beberá jugo rancio y espeso de vaca.

Así habló Zaratustra (1881), Friedrich Nietzsche.

Y es que, adaptando la frase de un joven ideólogo de esta nuestra nación: “Ni Colacao ni Nesquik: Igualdad“. El perrito, a lo que olía, era a leche.

Albert Rivera y el perrito Lucas (INSTAGRAM)