Tras el fallecimiento del astro argentino, la opinión pública se ha dividido, ¿héroe o villano? Sea como fuere, quizá debamos reconsiderar nuestro concepto de la muerte.

Ha muerto Maradona. Podría haber muerto tu padre, Malala o el presidente de un paraíso perdido entre las decenas de miles de islas del pacífico. Pero no, ha muerto Maradona, y eso ha provocado tal terremoto en su Argentina natal que, en plena pandemia, sus compatriotas han salido a la calle a llorarle como al héroe que trajo la Copa del Mundo a casa. Le van a hacer un funeral de Estado y van a honrar su cuerpo en el centro político más importante de toda la nación. Por un tiempo, el gran sol dorado que decora la bandera bicolor será, de facto, la cabeza del Pelusa.

No solo Argentina se ha doblado por la muerte de Diego: personas de todos los rincones del planeta lloran la muerte del astro argentino, del D10S del fútbol. Sin embargo, su figura también ha sido puesta en duda por otra marea de gente, generalmente afutbolística, alejada de las pasiones que Maradona despertaba en los fanáticos del deporte rey. El amor y la crítica han provocado, como suele hacer, una serie de debates por las redes sociales entre los que se lamentaban por la muerte y los que señalaban (quizá con razón) que Diego Armando no fue, en ningún caso, alguien al que llorar.

Este acontecimiento, como no podía ser de otra manera, ha devuelto al debate público el viejo tema de separar obra y autor (en este caso, entre fútbol y futbolista). ¿Podemos diferenciar la creación del artista, nefasto referente, o debemos dar por hecho que son, por desgracia, una misma cosa? Lo cierto es que, sinceramente, no tengo la respuesta a esa pregunta. Es un debate tan extenso y aburrido que ni siquiera tengo ganas de abordar. No obstante, la muerte de Maradona ha suscitado otro debate que sí ha captado todo mi interés: ¿está bien hablar de los errores del fallecido el mismo día de su muerte, o debemos esperar un tiempo indeterminado hasta que alguien diga “ahora es el momento”?

Los aficionados napolitanos despidieron a Maradona en el estadio San Paolo. Ciro Fusco (EFE)

He visto redes sociales como Twitter y grupos de mi propio WhatsApp hacerse eco de este debate, y nadie, por lo que he leído, parece dudar que Maradona fue, en muchos aspectos, una persona detestable. Todos conocíamos su problema con las drogas, pero también aparecieron muchos casos (desconocidos para mí hasta entonces, quizá por mi poco interés por el personaje) de supuestos maltratos, pedofilia… Algo muy difícil de pasar por alto pero que, no obstante, desapareció para muchos el día de su muerte, precisamente, porque había muerto. Fue entonces cuando me asaltó la duda que antes mencionaba y que me llevó a una clarísima revelación: hemos sacralizado la muerte hasta tal punto que morir es un acto de perdón.

Cuando alguien fallece, nos resulta difícil hablar de su lado oscuro, aunque sea incluso lo único que tenga. Tan solo seres repulsivos, de la altura de grandes dictadores y genocidas, parecen quedar libres de este perdón, que no existe ni en la tierra ni en el infierno. No obstante, el problema del fanatismo, de cualquier grado, es que nos empuja a ser hipócritas; y la muerte es, por desgracia, un terreno en el que nos da miedo ser sinceros.

Nadie es capaz de defenderse frente a lo obvio: no puedes abanderarte en el feminismo (por ejemplo) pero, por otro lado elogiar, en la muerte a un maltratador, pese a que sea un referente en el campo que sea. No puede ser que la muerte sea un acto redentor que convierta en redimido tanto al referente como al fanático. Si Maradona era una mala persona, lo era. Nadie puede salvarle de ese juicio. Ninguna lágrima, argentina o no, puede cambiar los errores de un hombre. Y es que hay algo que debe quedar claro: nuestro entierro no es nuestra puta fiesta.

Al morir, dejamos de ser relevantes, y sacralizar el paso de ser algo a dejar se serlo es, a todas luces, ilógico. Nos llorarán aquellos que deban hacerlo, bien por cercanía, o bien porque hicimos lo suficiente para ser recordados con cariño por todos, y no por un odio generado. Proteger un legado no significa proteger al legador, por bueno que fuese en su día en lo que hiciese; y aunque haya quien disfrute viendo sus partidos antiguos, hay un Maradona que no jugaba al fútbol, y ni la muerte ni el cielo (o infierno) va a borrar eso de los libros de historia.

Tribuna con el nombre y dorsal de Diego Maradona en el Estadio Coloso en Rosario, Argentina. Twitter de Newell’s Old Boys (@CANOBoficial)

No existe ninguna razón fundamentada que evite que alguien pueda exigir justicia cuando algo injusto ocurre, aplicable a vivos o a muertos. Todo el mundo tiene el derecho a la justicia, y nadie debe tener, ni en vida ni en muerte, el privilegio de evitar ser juzgado. Si este existiese, y fallecer fuera ese catalizador del bien y del mal, nadie se preocuparía en hacer lo correcto en las situaciones que lo exigen. Ni un solo ser humano tendría que temer en las consecuencias que mancharían su nombre porque, al final, la muerte serviría como un nuevo bautizo. Fin del pecado. Ante este hecho, solo existe una realidad: la muerte no es sinónimo de respeto, ni aunque este último sea efímero, mientras que lo otro sea eterno. En la eternidad solo merecemos lo que nos ganamos en el soplo.

Y sí, como futbolista (y para los futbolistas), Maradona deberá ser siempre un referente en lo futbolístico. Su habilidad puede ser alabada; puede hasta intentar ser emulada; en el campo, todo vale. Pero si no hay una pelota en tus pies (e incluso aunque la haya), por aficionado que seas, cuando se hable de lo que hay más allá del terreno de juego, nunca deberás olvidar que la persona, que Diego Armando Maradona, no es un referente.

Un pensamiento en “Maradona o cómo el entierro no es tu ‘puta fiesta’

  1. Estoy absolutamente de acuerdo con lo que escribes, aunque mucha gente no lo verá así. Excelente artículo. Enhorabuena, te enfrentas a un tema delicado con valentía

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