En los últimos años, la estigmatización hacia la bandera de España ha aumentado de manera considerable, mientras se ensalza cada vez más desde los poderes públicos como un símbolo que, a su juicio, debería unir y no separar. ¿Por qué motivos no se está cumpliendo este punto en la actualidad?

El eterno debate sobre el uso que se le da a una enseña, como pueda ser la bandera de España, se ha convertido en una nueva forma de polarización no solo en el ámbito político, sino también en el social. Para algunos, lucir sus colores es sinónimo de fascismo y defensa de ideas extremistas, y en el lado contrario están quienes ven legítima su imposición incluso a aquellas personas que la rechazan por no sentirse identificados con ellos. Con las banderas sucede lo mismo que con el escudo o la equipación de un club de fútbol: su razón de ser no es sino meramente identificativa, por lo que el sentido que se les da en la práctica tiene un poder connotativo, es decir, depende exclusivamente de la interpretación que cada persona le quiera dar. Una persona seguidora del FC Barcelona aborrecerá el blanco del Real Madrid, y lo mismo ocurriría al revés.

Pero hay una gran diferencia entre el escudo de un equipo de fútbol y la bandera de un país. Seguir a uno u otro club es decisión propia, por mucho que la tradición familiar o las influencias sociales jueguen un gran papel en ello; no existe ningún contrato ni documento oficial que exija un compromiso vitalicio de apoyo a un determinado conjunto. En el caso de un país, ese documento responde a las siglas DNI, y solo puede modificarse —con no poca burocracia de por medio— en el caso de aventurarse a iniciar una nueva vida fuera de nuestras fronteras. Lo que hay que dejar claro es que no es lo mismo ser español —o cualquier otra nacionalidad—, algo innegable e irrenunciable, que sentirse español. Y el terreno de las enseñas nacionales implica mucho más al sentimiento que al hecho.

El ‘flag boom’: banderas por doquier

Logotipo del Metro de Madrid teñido de los colores nacionales en la estación de Plaza de España. (Metro de Madrid)

Con no pocos memes de por medio, la Comunidad de Madrid anunció que el logotipo del Metro en Plaza de España pasaría a hacer referencia directa al nombre de la estación, luciendo los colores de la rojigualda de forma permanente. Anteriormente se había realizado una acción similar en la parada de Chueca, donde su rombo fue teñido de arcoíris en alusión a una de las zonas de temática LGTB más reconocibles, con nula notoriedad. ¿Y por qué se ha hablado tanto del cambio en Plaza de España? Por el ya mencionado poder connotativo que tiene actualmente la bandera de España.

Como es lógico —o así debería ser— una bandera, por sí sola, no pertenece ni a un partido político ni al contrario. Pero les ocurre lo mismo que a los propios colores: tienden a politizarse —el morado es de podemita; el amarillo se vincula al independentismo catalán, etc.—. Y en el caso concreto de la bandera española, han sido los mismos políticos quienes han contribuido en buena medida a que unos la adoren y los otros la repugnen, casi sin término medio. Mientras algunos de ellos la utilizan para cubrir un más que evidente discurso del odio, otros, motivados por los primeros, deciden seguir su estela aun sin defender todo su pensamiento, pero haciendo oídos sordos a sus puntualizaciones más escandalosas; y unos terceros, con el poder de cambiar las tornas, no hacen ningún esfuerzo por evitar esa apropiación de un símbolo que debería ser de todos, por mucho que se lo hayan podido reprochar. Y quien llegue hasta aquí seguro que ya ha sido capaz de poner nombre a cada uno de estos actores.

Volviendo al principio: no, querido lector, no es justificable que te puedan tildar de “facha” por lucir con orgullo la bandera de tu país. Como tampoco es justificable que haya personas y agrupaciones dispuestas a apropiarse de un símbolo que debería representar a todos, pues ahí está la razón por la que no es así. Lo curioso, aunque para nada casual, es que su presencia está aumentando más que nunca coincidiendo con tan lamentables hechos, como si quisieran recordarnos esta división de forma constante. Acciones tras las que, de nuevo, está un único color político, como una serie de homenajes en diferentes puntos de España a las víctimas mortales de la COVID-19 que las convirtió, literalmente, en banderas —después se descubrió que sus organizadores estaban vinculados con el susodicho partido situado más a la derecha del espectro político—, o la incomprensible aparición de la bandera —que no lavandera— en la iluminación ornamental de Navidad de diferentes ciudades españolas, algo nunca visto hasta la fecha.

La fiebre por la bandera nacional no solo existe en Madrid; el Ayuntamiento de Santander colocó este otro árbol de Navidad con la bandera de España y la misma polémica que en la capital. (Ifomo)

Vaya por delante que quien escribe estas líneas considera que la única manera totalmente efectiva de evitar divisiones entre personas es tratar de no categorizarlas en la medida de lo posible. Pero ya que es necesaria una cierta jerarquía para mantener el orden mundial y las pretensiones de John Lennon en Imagine son cuanto menos utópicas, la única solución posible pasa por dejar de considerar el sentirse español como algo relacionado con una sola tendencia política, poniendo de manifiesto que ninguna bandera tiene ideología, y esto debe comenzar haciendo cumplir unas palabras vacías que hablan de unir y no separar, y dejar de utilizarla para esto último. Solo así se podrá ver la rojigualda como lo que es: unos colores y un escudo que solamente significan España. Y nada más.

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