“Unas cerves y se te olvida”, “no me acuerdo de nada de lo que pasó anoche”, “necesito una copa”

El alcohol es una vía de escape. Desde los 12 o 13 años, y cada vez más pronto, los jóvenes comienzan a salir y a enfrentarse a situaciones en las que el alcohol parece ser la gran diversión que realmente une a la gente. A partir de esa misma edad encontramos jóvenes que sufren comas etílicos por su consumo abusivo.

Admítelo, no te gustaba la cerveza. Para nada. Te daba asco, como la primera vez que probaste el café o el ron. Pero deseabas con tantas fuerzas tener el plan de “ir de cerves” y sentirte mayor que te obligaste a probar innumerables cervezas hasta que el sabor te pareció tolerable y, con el calor de agosto en España, el trago frío no estaba tan mal.

“Beer” en luces neon moradas (ALEX KNIGHT, PEXELS)

Mil veces hemos visto a la gente que seguimos en redes sociales publicar fotos con sus copas de alcohol o sus latas de cerveza para aparentar, aunque a muchos no les guste la cerveza aún; como está demostrado, tardamos mucho más en acostumbrarnos a los sabores amargos porque los relacionamos con lo tóxico.

Mucha gente utiliza el alcohol para evadirse de sus problemas. Esta práctica está tan normalizada que a veces son los propios familiares y amigos los que invitan a una copa o a unas cervezas cuando estás de bajona o con el corazón roto. Para aquellos más inseguros, el simple hecho de sostener un vaso para mantener una acción fija es una manía de la que resulta difícil desprenderse, del mismo modo que los fumadores sociales están más acostumbrados a sujetar un pitillo que a fumarlo.

Dejando de lado los efectos del alcohol a la salud a corto y largo plazo, este afecta directamente a la imagen personal y a la autoestima. A veces, interactuar parece mucho más fácil si te has soltado la lengua con un par de tragos porque entonces no eres tú el que puede meter la pata, es tu yo borracho, y eso parece drenar de culpa a los actos más vergonzosos (sin considerar verdaderos problemas, como los abusos, que van más allá de tropezar o vomitar en público). Todos conocemos a alguien que ha fingido ir más perjudicado de lo que estaba para hacer las cosas arriesgadas que no haría si estuviera “en plenas facultades”, como la atrevida llamada a una expareja a las cuatro de la mañana.

El alcohol es una droga. Una droga normalizada socialmente y legalizada (con ciertas restricciones), pero una droga. Se ha demostrado que ni siquiera un consumo moderado beneficia en modo alguno al organismo, y que el consumo de alcohol en la infancia y durante la adolescencia aumenta la probabilidad de padecer trastornos mentales, así como de desarrollar una posible adicción. Las cerves y “las copas de más” son una herramienta social usada para ocultar sentimientos y fortalecer las máscaras que cubren cómo somos en realidad. Cuanto más cosechemos una autoestima sobria, menos necesidad tendremos de hacer uso del alcohol como una capa de popularidad.