¿No has visto la película más famosa de Spike Lee? ¡Tampoco hace falta para leer este artículo! Solo hace falta un poco de cine afroamericano y filosofía barata para hacer temblar los cimientos de la civilización occidental.

Quizá puto está un poco fuera de lugar, lo admito; pero el mensaje no podía ser más claro, sobre todo teniendo en cuenta que en 2020 nadie debería ser un puto racista. No obstante, como ciertos “periodistas” del ABC nos demuestran al leer sus artículos, aún hay gente que parecer vivir en otro tiempo. No vengo hoy a hablar, sin embargo, de ningún comentario que algunos calificarían de desafortunado, aunque la fortuna tenga que ver poco con estos temas.

Pero empecemos por el principio: ¿sabías que en la segunda mitad del siglo pasado surgió un movimiento cultural que defendía “el arte de negros, para negros”? Blaxploitation, se llamaba. No dudo que, ahora mismo, habría algunos individuos que pondrían el grito en el cielo, llamando racistas a los racializados. Es exactamente el mismo esquema que siguen cuando llaman machistas a las feministas siempre que surge el tema sobre la prohibición de la prostitución. En realidad, el objetivo de blaxploitation no era otro que, precisamente, permitir a la población afroamericana entrar en el mundo del cine, ya que por aquel entonces Hollywood era reacia a darles ningún protagónico. Un movimiento de oposición al blancocentrismo que, por desgracia, nuestro mundo ha mantenido como línea argumental histórica, explotada en la industria de difusión informativa más grande que jamás había existido. Todo resumido en un solo clamor: “no solo hay grandes personajes blancos”.

Spike Lee ya plasmó a la perfección esta idea en una de las primeras escenas de Do the Right Thing (en español traducido como Haz lo que debas)[1989]. Cuando Buggin’ Out (Giancarlo Esposito) entra en la pizzería de Sal y se encuentra de frente con ese Wall of Fame, pero solo compuesto de personas blancas, salta. ¿Cómo es posible que, en un restaurante al que solo van a comer afroamericanos, no haya ni un solo retrato de uno de los suyos? ¿Cómo es posible que, en la época de Martin Luther King y Malcom X, la pared siguiese siendo solo blanca?

Buggin’ Out (Giancarlo Esposito) sobre el Wall of Fame en la pizzería de Sal. Fotograma de Do the Right Thing (Spike Lee, 1989)

La respuesta es simple: la cultura occidental es blanca. Bueno, no es que debiera serlo… pero, en el fondo, a Occidente solo le importa si es así. Incluso la que no lo es, se termina occidentalizando como producto, para que sea consumida por el hombre blanco. Se convierte en una versión del Happy Meal: apetito voraz, consumo rápido y olvido precoz. Eso genera, a su vez, las dos corrientes de siempre: la del apocalíptico y la del integrado. El apocalíptico, que no rehúye con intención, sino por mera pereza intelectual: no veo/oigo porque no sé; no sé porque no veo/oigo. Eso implica que la cultura no-occidental no avanza; se estanca, porque lo único que quiere el apocalíptico es la comida que siempre come. Es el pez que se muerde la cola. No obstante, por el otro lado, el integrado cae en el error adverso: se mete tanto en lo no-occidental por su exotismo que pierde el foco y no se da cuenta de que lo que consume es lo mismo que rechaza, pero que, en vez de Lady Gaga, está cantado por un grupo de chicas coreanas hipersexualizadas.

Y esa es una razón que justifica perfectamente el blaxploitation: es cultura de negros para negros porque no es occidental. De la misma forma que la cultura maya no era occidental, ni tampoco lo es el reggaeton, el hiphop o las estatuas tiki en Hawaii. Hemos convertido el término “Occidente” en lo más parecido al platónico Mundo de las Ideas posible. Hemos transformado la Idea de todo arte y de toda cultura en la expresión exacta y necesaria de lo que el hombre blanco necesita creer perfecto para su consumo. De esta forma, nos encontramos con que aquello que desafía, en esencia, la Idea de cultura blanca, representa todo aquello que Occidente no puede reclamar. Porque Occidente puede hacer suyo aquello que, de una forma u otra, no tiene un rumbo fijo, o es fácil de manipular porque ha nacido a partir de él. Por eso el rock, hijo de géneros de raíz afroamericana como el blues, se adaptó sin ningún problema, hasta el punto de ser parte indispensable para entender la cultura y la culturización en el siglo XX de todo Occidente (y parte del mundo). O, por eso, también es fácil entender por qué ahora pega tan fuerte el k-pop. Nace del pop de occidente, pero ahora se exotiza para volver a hacerlo diferente y venderlo como algo nuevo para el que está harto de lo viejo. Típico de nuestro viejo amigo Capitalismo, ¿verdad?

Chuck Berry y Keith Richards (Rolling Stones). Fotograma de la interpretación de ‘Oh Carol’. Getty

Por eso Do the Right Thing es inoccidentalizable. Un blanco no puede hacer de una peli “de negros para negros” algo suyo. No puede, simplemente, hacer suya la discriminación por parte de Occidente ni la discordia contra Occidente. No es el ying del yang; no existe conexión ninguna en la que puedan hacer las paces. Do the Right Thing es aceite sobre agua; fuego sobre hielo.

Y puede (solo puede) que nos esté enviando un mensaje que tenemos que escuchar: “Occidente ha muerto, ¡regocijáos! No volváis a caer por inercia y sin querer en el tópico del racismo cultural. No os ancléis en la cultura de lo propio solo porque os cueste no quedaros en la zona de confort. Disfrutad de la cultura de cualquiera porque es cultura; no porque sea diferente; no porque se pueda expropiar. Llenad vuestra pared de todos los colores, con todas las formas y banderas”. Como dice Da Mayor en la película: “Always do the right thing“. Haz siempre lo que debes, es decir, no seas un puto racista.