El escritor y guía espiritual Carlos Castaneda comenzó a desarrollar sus conocimientos en hechicería india a raíz de una asignatura de la carrera de Antropología que cursaba, donde el profesor afirmó que aprobaría con un sobresaliente a todos aquellos que consiguieran entrevistar a un indio nativo. Aunque Castaneda aún no lo sabía, esta tarea cambiaría y condicionaría el curso del resto de su vida.

El chamán tolteca Don Juan anunció un día a Carlos Castaneda que por fin estaba listo para realizar el rito de paso que le convertiría en “el último Nahual”, un brujo indio de pleno derecho. Ya llevaba un tiempo instruyéndose junto a Don Juan (a pesar de que, al principio, el hechicero indio se había negado a compartir sus ancestrales conocimientos con Castaneda y ambos se habían limitado durante días a tener largas conversaciones en el desierto). El ritual solo requería que Castaneda se colocase al borde de un precipicio y saltase. Los conocimientos mágicos en los que Don Juan le había estado instruyendo harían el resto y le permitirían volar y salvarse de la mortal caída.

Seguro que a los lectores de este artículo la historia les resulta inverosímil, perteneciente a una novela o a una película de serie B, pero cuando fue publicada en 1968 como parte de la obra Las enseñanzas de Don Juan: una forma Yaqui de conocimiento, muchos no solo creyeron que las increíbles aventuras espirituales de Carlos Castaneda y el indio Don Juan eran ciertas, sino que además las encontraron increíblemente inspiradoras. Debemos tener en cuenta la época, eso es cierto. Los años 60 se caracterizaron por las drogas, rituales como la mescalina, la búsqueda de nuevas experiencias que permitiesen escapar de una realidad protagonizada por la Guerra Fría y la puesta en valor de culturas y tradiciones ignoradas hasta el momento por los productos culturales predominantes. Las experiencias trascendentales que se alejaran de las religiones tradicionales estaban en boga, y por ello creer en Castaneda no solo resultaba sencillo, sino también deseable y apetecible.

De trabajo de clase a vocación millonaria

Carlos Castaneda, de nacimiento Carlos César Salvador Arana Castañeda, era originario de Cajamarca, Venezuela, pero emigró a San Francisco en busca de un futuro prometedor. Al llegar a la ciudad, realizó empleos poco satisfactorios para él, como taxista o vendedor de libros, pero finalmente alcanzó su sueño: ingresar en una universidad y estudiar Psicología. Sin embargo, acabó abandonando esta carrera cuando un profesor le dijo que nadie del sector le contrataría con sus rasgos étnicos. Esto le llevó a cambiar de institución y de carrera a Antropología, estudios que le llevarían a dar comienzo a la historia que nos disponemos a narrar, y que empieza cuando uno de sus profesores aseguró que pondría un sobresaliente al estudiante que entrevistase a un auténtico miembro de una tribu india.

Ilustración de Cristóbal Fortúnez.
Ilustración de Cristóbal Fortúnez.

Ante esto, Carlos escribió un ensayo en el que hablaba de sus entrevistas al chamán Don Juan, donde se iba ganando su confianza y con el que acabó cautivando a millones de personas. El libro fue publicado por Michael Korda, que lo catalogó como no ficción, al igual que su alma máter, la UCLA, que tomó sus tesis sobre Don Juan como trabajos científicos. Poco a poco sus lectores se fueron emocionando con sus obras y convirtiendo en devotos acérrimos primero y, posteriormente, en auténticos acólitos capaces de realizar locuras por el que ahora consideraban su líder y profeta. Por ejemplo, cuando Castaneda (que había asegurado a sus seguidores que era inmortal) falleció en 1998, muchos de sus seguidores se suicidaron, al ver cómo su sistema de creencias se desmoronaba ante sus ojos.

Después de aquellos fatídicos sucesos, no podemos evitar imaginarnos cómo habrían reaccionado todos aquellos fieles si hubiesen sabido desde un principio que Don Juan fue un personaje que Castaneda inventó mediante fragmentos de otras personas a las que sí conoció y de las tradiciones y supersticiones de su ciudad natal, o que se convirtió en millonario con sus libros y su editor le insistió para que escribiera más tomos supuestamente reales y así poder seguir explotando a la gallina de los huevos de oro. Lo cierto es que ninguna de las editoriales que le publicaron en vida (ni tampoco muchas de las que lo hicieron después) catalogaron sus libros como ficción.

Por su parte, Castaneda supo explotar su fama más aún que sus editores, si cabe. Comenzó a realizar caros seminarios en los que enseñaba “la tensegridad”, una disciplina supuestamente mágica con virtudes parecidas a las que se atribuyen al yoga. También convenció a sus seguidores para que practicaran el celibato (que él mismo incumplía), para que rompieran lazos con su pasado “para deshacerse del ego” y, en esencia, para que hicieran todo lo que a él se le antojara. Solo necesitaba pronunciar las palabras mágicas “Don Juan me dijo…”. Por ejemplo, Castaneda aseguró que su maestro prohibía que aquellos que siguieran sus enseñanzas fueran fotografiados, pero en realidad esta norma se debía a que no quería aparecer en la prensa para que la hija biológica de la que se había desentendido le reconociese y le pidiese dinero.

Líder de una secta que perdura (aunque su líder no fuera inmortal)

Por otro lado, Castaneda aprovechó el tirón que sus enseñanzas místicas tenían para aprovecharse de las mujeres de su vida, como todo buen líder de secta. A pesar de estar casado, tenía un círculo íntimo de mujeres denominado por él mismo como “su grupo de brujas”, a las que trataba como si todas ellas le pertenecieran y vivieran por él. Mientras tanto, tomó decisiones sobre el cuerpo de su esposa, como pedirle que permitiese que un amigo suyo la dejase embarazada para que él pudiera tener un heredero, pues Castaneda ya se había practicado una vasectomía (presumiblemente para evitar el engorro que supondría para un hombre como él, alérgico a los compromisos, engendrar hijos ilegítimos).

Lo peor de toda esta historia es que, por inverosímil que parezca, esta maraña de suicidios, rituales que prometían el vuelo, restricciones aparentemente inexplicables y caras clases de tensegridad, las enseñanzas de Castaneda no se han extinguido (ni siquiera con su muerte supuestamente imposible) y siguen vigentes hoy en día. A pesar de que el gurú fue incinerado y de que sus fieles devotos pudieron ver cómo su salud se deterioraba, muchos de ellos creyeron que era un doble suyo el que falleció y que el verdadero Castaneda sigue vivo en alguna parte. Por otro lado, en YouTube podemos encontrar varios tutoriales con ejercicios mágicos de tensegridad que tienen decenas de miles de visitas, e incluso disponemos de una página web oficial dedicada a esta práctica en la que se nos informa de los próximos seminarios.

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