Una reflexión sobre el lazo entre las relaciones parasociales, la vinculación emocional, la toxicidad y los ‘realities’

Seguro que te ha inundado el sufrimiento e incluso el dolor al ver en problemas a tu personaje favorito hasta el punto de gritarle a la pantalla para desahogarte aun sabiendo que tus palabras no pueden tener ningún efecto sobre la ficción. Según la teoría cognitiva, este es un sentimiento normal que se debe a la simpatía e inclinación afectiva que surge hacia este tipo de figuras. De hecho, se considera que existen siete sentimientos fundamentales en la constitución de la simpatía del espectador hacia los protagonistas de los relatos audiovisuales: aprobación, admiración, compasión, atracción, familiaridad, homofilia e intimidad. Con todo, esa sensibilidad puede llegar a un nuevo nivel de vinculación emocional y cercanía con el establecimiento de las llamadas relaciones parasociales. Esta dimensión puede explicar por qué más de tres años después seguimos llorando por la expulsión de Cepeda y su ruptura con Aitana.

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Las relaciones parasociales

El concepto de relación parasocial fue definido por primera vez en 1956 por Horton Donald y Richard Wohl en su artículo La comunicación de masas y la interacción parasocial: observaciones sobre la intimidad a distancia como “la creación, de forma inconsciente, de una relación de cercanía con una persona mediática que vivimos de forma intensa”. De esta forma, podemos decir que una relación parasocial es una falsa relación social desarrollada hacia un personaje mediático real o ficticio. Estas relaciones están caracterizadas por el sentimiento de cercanía y confianza por haberlos visto a través de los medios y por desarrollar sentimientos como la empatía, el amor, el hastío o el odio. Los espectadores que están involucrados en las actividades parasociales se ven a sí mismos como participantes activos en la vida de esa persona, mostrando una fuerte implicación emocional con ella y sintiendo la necesidad de estar pendientes de todos los contenidos mediáticos relacionados.

Estas relaciones son totalmente normales y tienen un explicación neurológica. Los seres humanos estamos programados para hacer conexiones sociales, de forma que al presentarnos un individuo a través de una pantalla respondemos como si estuviéramos participando en una situación social en la vida real aunque seamos conscientes de que la interacción es una ilusión. De igual manera, nuestro cerebro interpreta el hecho de que nos estén mirando a los ojos como una conversación en la que el interlocutor está hablando expresamente con nosotros, nos conoce y nos muestra atención; lo que provoca que sintamos empatía y atracción. Desde nuestro lado inconsciente, aunque sepamos que somos un elemento más de la masa homogénea de la audiencia, la manera en la que los medios de comunicación se dirigen a nosotros está diseñada para que pensemos que es personalizada haciendo que nos sintamos unidos e involucrados a estos contextos.

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En este aspecto, las relaciones parasociales son parecidas a las relaciones interpersonales de la vida real. La investigación ha demostrado que el desarrollo, el mantenimiento y la disolución de ambos tipos de relaciones son muy similares. Sin embargo, también presentan importantes diferencias. Las relaciones parasociales carecen de la propiedad fundamental de la interacción social: la reciprocidad afectiva. De esta forma, se convierten en relaciones unilaterales en las que se establece un pseudovínculo en forma de ilusiones de interacción recíproca por la audiencia hacia las figuras mediáticas. Esta falta se sustituye en el espectador por la creación de fuertes lazos de intensidad emocional.

Los ‘realities’ y su toxicidad

Fragmento de Amaia en su entrevista en ‘La Resistencia’. (Movistar+)

Este tipo de vínculos y relaciones también se pueden aplicar en el caso de los realities y sus concursantes. De hecho, en este terreno los sentimientos pueden llegar a verse multiplicados por el incremento del valor de algunos de los factores clave que los provocan como la intimidad, la admiración, la compasión o la homofilia. A su vez, frente a los contenidos ficticios, se introducen nuevos elementos como la cercanía, la interacción o la disponibilidad 24 horas.

Gran parte del inmenso éxito de los realities proviene de esa vinculación emocional entre los concursantes y la audiencia, hasta convertirse en un fenómeno de masas. Como sus “amigos”, el público se preocupa e involucra sintiendo la necesidad de estar pendiente de cada una de sus acciones y en acompañarlos en el sentir de sus emociones. No obstante, estos nexos también implican sus lados negativos si la regulación emocional no es correcta provocando toxicidad o problemas patológicos que afectan a ambas partes. Las personas que establecen este tipo de relaciones unilaterales hacia personajes públicos buscan entretenimiento, luchar contra la soledad y establecer un objetivo en sus vidas. Esto puede provocar que su realidad sea invadida por el programa siendo incapaz de diferenciar la línea entre la realidad, la ficción y lo permitido.

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Así mismo, la toxicidad y los enfrentamientos también provienen de la incapacidad de identificar los errores o comportamientos moralmente reprobables. Los sentimientos nacidos de la relación parasocial nos ciegan como a un enamorado y, al visualizar a los concursantes a través de un pantalla, los identificamos como personajes ficticios. Varios estudios confirman que al visualizar un audiovisual nuestros principios morales se flexibilizan y tendemos a condicionar nuestra evaluación y aprobación moral al grado de simpatía que nos despiertan los personajes. De la misma forma, somos incapaces de gestionar el odio, la envidia o la injusticia hasta convertirnos en una masa oscura que impregna las redes sociales.

El crecimiento masivo de los reality shows y la vinculación emocional viene a su vez acompañado de las nuevas tecnologías de comunicación global que favorecen la conexión constante entre aficionados, el programa y los concursantes. La tecnología digital ha introducido un nuevo medio a través del cual se pueden desarrollar, mantener e incluso reforzar las relaciones parasociales. De esta forma, las emociones negativas y positivas se intensifican siendo más complicado darse cuenta de cuándo se ha sobrepasado el límite de lo sano. Gayle Stever establece una clasificación de los fans en el que el último nivel de intensidad se define como un interés claramente patológico que afecta negativamente a la salud de la persona dificultando tener un empleo, familia o relaciones con otros hasta llegar a causar ideas suicidas puntuales o crónicas.

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En conclusión, las relaciones parasociales y los vínculos emocionales no son malos pero es importante mantener una base en tierra para saber gestionar las emociones, las relaciones y los vínculos en este tipo de situaciones y poder disfrutar correctamente de la experiencia. No seré yo la que mejor lo haya aplicado, pero es hora de superar Operación Triunfo 2017.

3 comentarios en “Sigo llorando por Cepeda

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