Tranquilos: vamos a hablar de muchas cosas, pero no del doblaje — Sin spoilers

En un caluroso día de verano, el profesor John Ronald Reuel Tolkien se encontraba corrigiendo unos exámenes de inglés cuando, casi por arte de magia, irrumpió en su cabeza una enigmática frase que no dudó en apuntar: “En un hoyo en el suelo vivía un hobbit. Por fortuna, el escritor conocido como J. R. R. Tolkien no abandonó aquella frase producto de la inspiración más pura y terminó por construir, palabra a palabra y libro a libro, una compleja mitología ambientada en un mundo similar a la Europa medieval, que parecía una reformulación de la célebre ópera de Wagner El anillo del Nibelungo, que a su vez bebía de diversas leyendas alemanas. Gracias a los esfuerzos del escritor británico, que sirvieron para plantar la semilla del género de la fantasía épica, los espadachines errantes, los elfos y los hechiceros que ocupa hoy un importante espacio en el imaginario popular en el que también habitan los invasores extraterrestres, los hombres lobo y los superhombres en mallas.

Y es que, si bien la historia del arte no es más que una continua sucesión de apropiaciones, reinterpretaciones y actualizaciones más o menos conscientes y más o menos honestas de obras anteriores, es especialmente en el género de la fantasía “de espada y brujería” en el que el concepto de originalidad se concibe de manera más laxa, pues, en el caso contrario, los sucesores de Tolkien se habrían enriquecido enormemente demandando por plagio a los miles de escritores que, con toda su buena intención, han intentado emular al autor de El Hobbit narrando las epopeyas de una serie de personajes que, sin importar la época o el contexto, nunca han terminado de abandonar la Tierra Media.

J. R. R Tolkien en 1967.

En Estados Unidos, de entre los sucesores de Tolkien, encontramos autores con un estilo tan clásico como el de R.A Salvatore, Robert Jordan, Margaret Weis o Tracy Hickman, y otros más innovadores como Ursula K. Leguin o Brandon Sanderson; en España también tenemos nuestros propios escritores de fantasía que, por desgracia, son menos conocidos que sus colegas anglosajones: Javier Negrete, Elia Barceló o Pilar Pedraza pueden considerarse casi autores de culto si los comparamos con la exitosa Laura Gallego García, hija tanto de la tradición épica tolkieniana como del boom de la fantasía juvenil que sacudió las librerías de todo el mundo tras la publicación en 1997 de la primera aventura del archiconocido mago Harry Potter.

La revolución literaria

La obra de la escritora valenciana fue reconocida y elogiada desde el principio, pues ya su primera novela publicada, Finis Mundi (1999), fue finalista del Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil y ganadora del premio Barco de Vapor. Sin embargo, aunque otros de sus libros como La leyenda del Rey Errante (2003) o los ejemplares que componen su tetralogía de Crónicas de la Torre (2000-2004) gozaron de un éxito notable, no fue hasta la publicación de La resistencia (2004), primera parte de la trilogía Memorias de Idhún, cuando Laura Gallego se convertiría en un fenómeno de masas y comenzaría a ser reconocida más allá de nuestras fronteras.

Lo cierto es que los libros de Memorias de Idhún lo tenían todo para triunfar entre las filas de lectores adolescentes de entonces: un primer libro que rompía con la clásica estructura del viaje del héroe, un mundo mágico y una mitología atractiva que se iba revelando poco a poco, un trío amoroso que parecía adelantarse a Crepúsculo y, sobre todo, un argumento en el que las emociones y los sentimientos de los personajes tenían más peso del que acostumbraban a tener en las novelas de fantasía épica más clásicas, en las que el deber y el honor influían mucho más en las decisiones de los toscos protagonistas que apenas cedían ante sus impulsos o sus inclinaciones amorosas.

Aunque el fenómeno fan de Idhún se ha ido diluyendo con el tiempo, en España nunca hemos estado tan cerca de tener un equivalente patrio a Harry Potter como el que pudimos tener en Victoria, Jack y Kirtash. Y es una pena que el fenómeno idhunita, pese a su trascendencia, haya sido tan efímero. Sin embargo, su decadencia era inevitable en tanto que resultaba materialmente imposible que la saga épica de Laura Gallego pudiese saltar, en su momento culmen, a la gran pantalla.

Mientras que el mago inglés no tardó mucho en hacerse realmente masivo gracias a la saga de películas producidas por Warner, los miembros de la resistencia idhunita, aún con la existencia de adaptaciones al cómic, un juego de mesa y la celebración de varios “Encuentros Idhuinitas”, no llegaron a conformar la primera gran franquicia de medios que pudo haber existido en nuestro país debido a la falta de recursos que por entonces hacía imposible una adaptación digna de la historia a la gran pantalla, que hubiera requerido un despliegue técnico que, aún a día de hoy, sigue siendo casi imposible que se realice en España.

Sin embargo, este 2020, de la mano del todopoderoso Netflix, Jack, Victoria, Alsan y compañía retoman sus aventuras en formato anime a lo largo de cinco capítulos que, visualmente, es imposible no comparar con la chusca serie Virtual Hero, creada y patrocinada por el famoso youtuber El Rubius y producida también por Zeppelin TV. Sin embargo, si en el producto de Movistar+ apenas había algo que contar, Memorias de Idhún se construye sobre las más de mil páginas de una saga de fantasía que, con sus más y sus menos, no deja de ser cautivadora e interesante.

La serie Virtual Hero, también de Zeppelin TV, tiene un estilo anime similar al de Memorias de Idhún

Y con todo, esta serie me ha hecho experimentar el peor sentimiento que una obra puede inspirarte: indiferencia, e incluso una cierta pereza. La esperada serie Memorias de Idhún, una vez vista, me ha dado bastante igual a mí, que me adentré en el mundo de Laura Gallego a través de las roídas páginas de un viejo ejemplar de La resistencia, mil veces manoseado, que saqué de la malograda biblioteca de mi instituto cuando aún cursaba el primer ciclo de la ESO. Y es que tengo bastante poco que decir acerca de esta serie, sentenciada antes de su estreno por la nefasta elección con respecto al doblaje llevada a cabo por Netflix, que por pura fatiga me niego a comentar en estas líneas. Dejando de lado las actuaciones de voz, que al fin y al cabo conforman un fenómeno circunstancial, hay otros motivos que casi me llevaron a cesar en mi empeño de finalizar los cinco capítulos que componen la primera temporada de Memorias de Idhún.

¿Qué falla en la adaptación audiovisual?

Aunque la serie cuenta con el apoyo de Netflix, no nos vamos a engañar: de animación anda bastante justita. Zeppelin TV, con unos recursos similares, logró dotar de un encanto especial a Virtual Hero, que cojeaba más bien por su argumento. En el caso de Memorias de Idhún pasa justamente lo contrario: su historia se ve constreñida por una animación poco fluida, fruto quizá de un presupuesto muy ajustado que, sin embargo, se camufla bien bajo el atractivo apartado artístico de la serie, que consigue fusionar la estética anime con el imaginario visual idhunita que ya se pudo ver en los cómics que adaptan los libros. Sin embargo, si en estas publicaciones del Estudio Fénix, que poseen un estilo algo más oscuro y adulto, con un mayor contraste en el uso de los colores y un trazo más orgánico, se siente que estamos ante una obra juvenil algo más madura, en el caso de la serie nos encontramos con un dibujo y unos colores con pocos contrastes, casi planos, que hace más infantil una historia que ya es bastante infantil de por sí, y que quizá espante al público de mayor edad.

Arriba el cómic de Memorias de Idhún: Búsqueda (2009) y abajo un fotograma de la serie de Netflix. En ambos casos se está sucediendo la misma secuencia.

Sin embargo, el mayor problema de esta miniserie es, precisamente, que se trata de una miniserie. En los únicos cinco capítulos que componen esta primera temporada se adapta solo el principio del primer libro y, por lo tanto, apenas se narran una serie de hechos en las que solo da tiempo a que se nos presente a los personajes y poco más. Acaba el quinto capítulo y sentimos que hemos visto más que un episodio piloto, una serie piloto que anuncia algo más grande que está aún por venir pero que por sí sola no ha sido demasiado satisfactoria. Aunque sin duda está planeado que la serie cuente con una continuación, Netflix analiza cuidadosamente la recepción y la audiencia de sus productos antes de proceder a su renovación: ¿las malas críticas que está recibiendo Memorias de Idhún podrían truncar la continuidad de la serie?

Al pensar en esta posibilidad pienso que se perderían las escenas más memorables de la saga de Idhún: los que han visto a Jack unirse a la resistencia no lo podrán ver descubriendo su auténtica naturaleza, ni tampoco podrán presenciar la turbulenta relación que se establece entre los tres personajes principales, ni serán testigos de las grandes batallas que están por venir. Pienso en todos estos acontecimientos, que quedarían apartados del Olimpo de la ficción de masas, y a la vez pienso que, si estas historias se desarrollan en este mismo formato tan cercano al fanfiction, me da bastante igual que se pierdan en el limbo, en Limbhad o en el cajón de proyectos cancelados de Netflix.

El egocentrismo de los críticos

Me he explayado bastante explicando por qué no me ha gustado Memorias de Idhún, y siento que debería haberme quedado tan ancho. Sin embargo, sentado enfrente de mi ordenador, no termino de entender por qué lo he hecho. Aunque se trate de un mal producto, ¿qué gano yo hablando tan vilmente de una serie en la que tantas personas habrán invertido tiempo y esfuerzo? Pienso entonces en la figura del crítico, y en el papel que realmente juega este en la sociedad. ¿Qué clase de poder le damos a los críticos para confiar en su palabra y en su criterio? ¿A quién le importa realmente lo que digo o lo que dejo de decir? Desde el momento en el que he admitido que tengo poco que decir sobre esta serie, este artículo se ha convertido en una farsa, pues he tratado de camuflar la ausencia de análisis y comentario (que es lo realmente interesante en el debate cultural) bajo una serie de juicios que no provienen de la experiencia o de las ganas de divulgar, sino de mi propio y enorme ego.

Precisamente del ego es de donde nace la deformación profesional que sufrimos todos los que nos creemos con autoridad para hablar acerca de alguna obra: viendo la película de culto de turno o la serie de moda, pensando en dotar de un toque personal a nuestras críticas, no conseguimos escapar del todo de nosotros mismos. Y entonces caemos en desgracia, y ya solo podemos disfrutar (o sufrir) la obra desde nuestra propia óptica. Nos centramos, a la hora de juzgar Élite, Tenet o Memorias de Idhún en lo que nosotros queremos que hubiese sido, y no en lo que la obra realmente es y quiere llegar a ser. Esta especie de síndrome narcisista-platónico del crítico de cine habría entusiasmado a Sigmund Freud, que hubiese visto en las quejas, achaques y reproches de las reseñas de FilmAffinity rastros de traumas y problemas de personalidad.

¿Y sabéis cual es el trauma que me ha llevado a criticar tan duramente Memorias de Idhún? El trauma de ser un estudiante con ganas de aprender y de empaparse únicamente de obras maestras, que le han llevado a adoptar un cierto elitismo y a dejar atrás, en cierto modo, la ilusión de ver algo por el mero hecho de entretenerse y abstraerse de los problemas cotidianos. ¿Qué pensaría de mí Tolkien, que ideó El Hobbit solo para entretener a sus hijos contándoles un cuento antes de ir dormir? Puede que, pese a todo, me entendiese, y comprendiera la frustración que me ha hecho sentir esta serie, que solo ha cometido el pecado de no ser capaz de trasladarme a aquellas tardes en las que un chaval de 14 años sostenía y leía un libro que le parecía gigantesco, mientras fantaseaba con conocer a una chica como Victoria y con volar junto a los dragones de Idhún.

Por eso, si tienes ganas de ver la serie te digo que no me hagas ni puto caso y la disfrutes, porque quizás tú sí que conectes con esta historia. Yo, como los protagonistas de Idhún, me encuentro ya en otra dimensión, y por eso no tengo derecho ni razones para criticar el último pelotazo juvenil de Netflix, ni tampoco para hablar con desdén de los tik-tokers prepúberes ni para juzgar con dureza la música que ahora enloquece a los chavales de 13 años: todas estas nuevas tendencias están escritas en un idhunaico moderno que puedo leer pero que no puedo comprender, al igual que la generación que me precedió tampoco pudo comprender del todo Camp Rock, Snapchat o al Rubius. A mí no me gustaba que los chicos mayores de entonces juzgasen mis gustos o los tratasen con condescendencia, así que hoy toca callar y dejar que los más jóvenes descubran en Netflix el fantástico mundo creado por Laura Gallego. Ya tendrán tiempo de hacerse mayores, incorporarse al duro mundo real y abandonar Idhún.

Para ampliar: Las tendencias más oscuras desde el 2010